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De veredas, confesiones y otros yuyos

3 Minutos de lectura

Por Daniela Rafael.

“La ciudad está en mí como un poema que aún
no he podido contener en palabras”, Borges.

Son las once de la noche. Desde la mañana intento escribir esta columna, la tenía casi concluida en mi cabeza. Pero se fundió el lavarropas, notificaron una demanda judicial, me llamaban o enviaban mensajes y no los evitaba. Al final salí. Las calles llenas de vehículos, motos, honguitos de los de tránsito por toda la Belgrano. Ruido, gente, ruido, gente. ¿Qué sucedió, hoy, viernes 2 de julio del 2021? ¿Desapareció el virus? ¿Se levantó la bandera y la “vida normal” salió a correr de nuevo? La antigua normalidad me cayó de sorpresa y por un instante extrañé la isla. Sí, la extrañé y mucho. Me dije: no escribas algo políticamente incorrecto, pero a esta hora de la noche, en el silencio de un viernes, me importa poco el juicio del otro. 

De eso se trata, para mí, la escritura: no escribo para agradar sino para traducirme. Veo lo que interfiere mi mirada cuando observo, saboreo o percibo. Objetos, olores, sonidos, lo que venga. Después se hacen texto, cuento, poema, lo que sea para interpretar y hacerlo comprensible con el lenguaje.

Bien, el temita es: “Veredas” y mi obsesión por su estado, de lo que me expresan: desigualdad, abandono, desidia, y todo lo que dice de los que habitamos la ciudad. Estas veredas vienen interfiriendo lo que veo cuando salgo de mi casa y, desde antes de la pandemia, yo tengo la manía de observar. Ahora, si a una persona con esta manía le restringes los movimientos, le marcas límites, le insuflas miedo, resulta una maníaca doctorada en observar detalles y obtener significados.

Cuando todo comenzó, allá por marzo del 2020, salía a caminar respetando la longitud. establecida y al filo de la hora límite. No me cruzaba con nadie. Estaban esas veredas y yo. Ahí asumí su desgraciada situación, su fealdad, desigualdad, ese lamentable estado a las que las habían rebajado. Les sacaba fotos (tengo cientos y todas parecen fotos de un forense de veredas). ¿A quién podría importarle esto, con un virus amenazando con liquidar a una parte de la humanidad? ¡A mí! Y por suerte, porque me distraje con ellas y vi en ellas un texto para leer y pensar. He sido lectora desde que aprendí a leer. Los libros me mostraron distintos mundos, historias, seres humanos y no humanos, la lectura de tantos años me hizo ver en todo un gran texto a mi disposición. 

La ciudad, cualquier ciudad, es un texto descifrable. No lo acabo de inventar, se ha escrito demasiado sobre esto. Roland Barthes, por ejemplo, dijo: “la ciudad es un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes”.

La ciudad no sólo funciona, también comunica. 

Entonces, allá por el 2020, después de haber gozado de lo permitido, regresaba a mi casa, antes del minuto cero, con ganas de recluirme para siempre, bajo el lema: ojos que no ven corazón que no siente. Pero igual salía, caminaba por esas veredas, enfrentaba su hostilidad, escuchaba sus gritos quejosos y me atravesaba la idea de seres marginados, pisoteados a diario, ignorados, necesitados de violencia para hacerse oír. Me esforcé en comprender el por qué y no escaparme por la respuesta más fácil: la política, los pollitos, la ineficiencia, la desidia ciudadana; lo obvio, digo. Necesitaba encontrar alguna justificación de esa fealdad para comprenderla y mirarla de otra manera.

Recuerdo mi infancia y adolescencia, mi pueblo, aquellas veredas. Capaz no eran mejores que estas, pero eran el lugar que nos pertenecía a los de la cuadra, a los del barrio. Allí aprendí a jugar, conviví con los que no convivía en mi casa, allí aprendí a ocupar lugares o ser desalojados de ellos, a ganar o perder, a ser atrapada o liberada, a intercambiar, a darle valor o quitarle valor a algo, desde una figurita a un billete. Ese fue el umbral entre lo íntimo y lo público, el espacio que no me pertenecía a mí, debía compartirlo y consensuarlo para apropiarnos entre todos. Era el hogar, la ciudad, el país, el mundo, el cielo, el infierno, mío y de todos mis amigos no consanguíneos. Esas veredas recibieron nuestra vida hasta que nos fuimos.  

Pensemos en estas veredas, intentemos que no desparezcan tapadas por escombros, basura, grietas, agujeros, ya saben, el resultado de la indiferencia. Porque si esos lugares desparecen, mutilan la historia personal, nos hacen un engendro de ciudadanos egoístas, individualistas, temerosos, desconfiados, encerrados entre paredes, cuidando el propio nido y olvidando al árbol que lo sostiene.

PD: Está lindo pero no lo entiendo, me dijeron la otra vez. No sé qué significa. Tal vez significa: te bancamos a pesar de no entender a dónde querías llegar con lo que escribiste. Cuando uno escribe, puede hacerlo pensando en el acto mismo, desconfigurándose, abortando esa individualidad, haciendo una amalgama con todo el fluir que acontece y se desparrama en las palabras elegidas, consciente o inconscientemente. Había intentado intelectualizar un poco mis miradas urbanas, mis sentimientos básicos frente a lo que veo, siento y en consecuencia pienso, pero el asunto va por ser fiel a uno, escribir en libertad y no para agradar al otro. Chau.

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