Musa: el nombre del miedo

Musa: el nombre del miedo. Capítulo 3: Presas

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Crónica: Ernesto Picco.
Audiovisual: Marcelo Argañaraz.
Ilustración: Antonio Castiñeira.

En blanco y negro

Todo empieza a las nueve en punto, tal como habían planeado. La de hoy va a ser recordada como la noche más fría del invierno de 1975 en Santiago del Estero. Algunos dirán siete grados bajo cero. Otros nueve. El cemento y el hierro de la cárcel están helados. Los hombros encogidos, las manos cerradas en puños tensos. Algunas frotándose para ver si se calientan. Los dientes apretados. 

Pero a la hora señalada el frío es lo de menos. 

Uno comienza a limar el candado con una sierra. Otros desarman las camas. 

En un rato van a usar los hierros de los catres viejos para terminar de vencer el candado a golpes y abrir la reja que separa el pabellón de la escalera por la que se desciende a la planta baja. Un poco más tarde, a los colchones los van a prender fuego. 

Ahora, mientras unos desarman las camas, otro grupito inventa armas: preparan duros proyectiles metiendo jabones adentro de las medias, que atan y preparan a un costado, listas para ser arrojados a quienes los vengan a buscar. 

A las nueve de la noche del jueves 17 de julio de 1975 empieza el motín en el Pabellón 4 del primer piso del Penal de Varones. 

Son un grupo chico. Nadie recordará exactamente el número y no van a quedar registros muy precisos de este día. Quince. Dieciocho. No más. La mayoría son estudiantes de veintipocos años. Todos han sido interrogados por Musa Azar y sus hombres en la DIP. La mayoría, torturados. 

Pero también los ha interrogado un el juez federal. Santiago Grand es un magistrado gordo y desaliñado. Medio baboso, de voz aguda y algo aplastada. En el 73, hace poco más de un año, figuraba en la lista de candidatos a diputados por el juarismo, pero no le alcanzaron los votos para entrar a la Legislatura. Juárez lo hizo nombrar juez federal a fines de 1974, después de que el gobierno de Isabel Perón mandara a aprobar en el Congreso la Ley 20.840 de Seguridad Nacional, que establece penas para las actividades subversivas. Grand ha llevado varias veces al Juzgado Federal a los presos del Pabellón 4 para interrogarlos. Trabaja con Musa y viene intentando que los chicos hablen, que den nombres o datos de las operaciones. Se hace el tonto con las torturas, y evita hablar de ellas, como si no pasaran. 

Al mismo tiempo, como si fuera una dimensión paralela, en la cárcel les permiten varias comodidades. Olivera, un policía medio manso, es el jefe del Penal y deja que los chicos del Pabellón 4 tengan sus beneficios. Son detenidos de clase media y alta, no como los presos a los que están acostumbrados, y que en el Penal están amontonados como animales en los otros tres pabellones. Los familiares de los presos del Pabellón 4 les llevan sábanas, ropa y mercadería. Fideos y conservas para cocinar, algunas herramientas para pasar el tiempo haciendo trabajos en madera y unos calentadores a kerosén. 

De ahí las sierras, los jabones y el fuego que van a encender.

Pocos meses antes del motín, un preso de apellido Jara, que tenía un laboratorio fotográfico en su celda, tomó esta imagen donde puede verse parte de los jóvenes detenidos en el verano del 75, durante un descanso en el patio del Penal.
[Foto: Gentileza Luis Garay]

El problema es que, mientras Olivera los trata bien en el Penal, hay días que a los muchachos del Pabellón 4 los siguen llevando de a uno a la DIP, donde Musa y sus hombres aplican el interrogatorio a la manera tradicional: esposas en las manos, vendas en los ojos, golpes, picana, submarino. 

La picana con descargas eléctricas en las tetillas, en los huevos, en las axilas. 

El submarino con la cabeza hundida en una bañera llena, hasta el borde del ahogamiento, una y otra vez. 

Y después, aflojen o no, los vuelven a traer al pabellón, reventados, donde está el consuelo de los compañeros y las pocas cosas que les mandan los familiares. 

Todavía falta casi un año para que los militares tomen el poder. El juez Grand, Olivera y los demás, hacen de cuenta que entre el Penal y la DIP no pasa nada. Afuera, algunos familiares se enteran de lo que ocurre gracias al padre Phillis Pierre, un cura haitiano y carismático que es el capellán de las cárceles y les pasa información sin que se enteren los carcamanes. Pero los pocos parientes que se animan a reclamarle al gobernador Juárez por lo que ellos llaman apremios ilegales, no reciben respuestas. 

Entonces adentro, hace rato que los muchachos venían pensando en un contraataque. 

Entre los presos del Pabellón 4 está el Tigre López. Es el que más tiempo lleva perseguido por Musa y sus hombres. Después de que lo sacaron de la casa de sus abuelos la noche del 13 de agosto de 1974 y le dieron las primeras palizas en la DIP, estuvo veinte días preso hasta que lo largaron. El Tigre había sido uno de los pocos detenidos ese año. La gran cacería comenzó en enero del 75, cuando capturaron a trece jóvenes – nueve varones y cuatro mujeres – al mismo tiempo que empezaba el Operativo Independencia en Tucumán. 

Entre los presos del Pabellón 4 también están Ruli Figueroa Nieva y Luis Garay. Los dos son menudos, pero son los pesos pesados dentro de la organización. 

Ruli es un flaco de ojos rasgados y semblante tranquilo. Tiene 23 años y estudiaba abogacía antes de que lo detuvieran. Ha militado en el Partido Comunista en 1971 y desde el 72 está en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

Luis es todavía más joven. Es bajito y pesa 52 kilos. Tiene 20 pero parece de 15. La boca pequeña y los ojos siempre bien abiertos. Unos rulos castaños que parecen tener vida propia. Da la sensación de estar siempre atento a lo que pasa alrededor. Luis empezó a militar en sus años de secundario en el Bachillerato Humanista. Se había ido en 1973 a estudiar Filosofía en Tucumán, pero a fines de 74 el PRT lo envió de vuelta a Santiago, porque le decían que ahí hacía falta. Hasta que lo detuvieron el 24 de enero. Fue uno de los más golpeados y torturados. 

En la cárcel siguen respetando los rangos y roles del partido y Luis es el responsable político en el Pabellón 4. Es él quien tuvo la palabra definitiva a la hora de organizar el motín. Hay un par de montoneros y un conscripto que estaba haciendo el servicio militar, que también se suman.  

A la mañana, después del recreo en el patio, se han llevado a Pedro Ramírez, un bandeñito de 17 años que milita en la Juventud Guevarista, una agrupación de estudiantes secundarios de la Escuela Normal. Lo tuvieron todo el día esposado en una silla en el patio de la DIP, junto a otros estudiantes secundarios detenidos, esperando su turno para el interrogatorio. Pero el interrogatorio no llega. Ha bajado la  noche helada y nunca se presentó su torturador para llevarlo al sótano, donde normalmente los atienden. Pedro percibe una extraña agitación: botas en tropel, tensos gritos de mando y armas que se remontan. Los policías dejan en manada el edificio y él se va a quedar ahí, esposado en el patio, sin enterarse de nada. 

Media hora después los presos del Pabellón 4 ven por la ventana enrejada que da a la calle a esos mismos policías apareciendo en la vereda del Penal. En la planta baja Olivera recibe a Musa Azar, que ya ha llegado al lugar. Si ha venido Musa, es porque la cosa es grave y Olivera tiene miedo de lo que pueda pasar. El interior del Penal está lleno de policías y la manzana está rodeada por hombres de Infantería. 

Un grupo intenta subir por la escalera que da al pabellón pero los presos, que ya han roto la verja y prendido fuego los colchones, les arrojan los duros proyectiles de jabón. Los policías no pueden subir. En el pabellón han empezado a usar las medias, el kerosén y unos frascos de vidrio para armar bombas molotov. Las  lanzan por los dos frentes: por la escalera hacia la planta baja y por la ventana enrejada que da a la calle. Por esa ventana empiezan a colarse los primeros cartuchos de gas lacrimógeno, que Infantería dispara desde el exterior. El espeso humo blanco silba y va llenando el pabellón. El grupo se separa. Unos abren una ducha que tienen en un rincón y se amontonan abajo del chorro para intentar aplacar el ardor en los ojos y la garganta. 

Alguno intenta, sin éxito, sacar a las patadas los cartuchos lacrimógenos que rebotan en las paredes del pabellón y esparcen peor el gas. 

Dos o tres siguen arrojando hacia abajo cualquier objeto que encuentran. 

No imaginan cómo terminará todo. 

*

Robín Zaiek es el hombre que da la cara por Juárez. Es un abogado de pelo grasoso y bigote fino, que viste siempre de traje, pero va con la corbata floja y una expresión en el rostro que parece a la vez de confianza y de hartazgo: la mirada relajada, la boca fina entre la sonrisa y la mueca. Es el apoderado legal del partido y Juárez lo ha nombrado su ministro de Gobierno después de ganar las elecciones en el 73. Es el hombre al que le consulta casi todo y que es su filtro, cuando no su reemplazante en visitas y reuniones. 

En la primavera de 1974, poco después de que Juárez recibiera a Musa en su despacho para encomendarle la reforma de la DIP, Robin Zaiek y el ex policía de Árraga bajaron de un auto en la avenida Belgrano para recorrer de punta a punta la enorme casona ubicada en el número 1162. Allí funcionaba, hasta ese momento, la Dirección de Minería de la Provincia:

_Está perfecto. Este es el lugar_ le dijo Musa al Ministro de Gobierno, mirando a lo largo y a lo ancho, dando su aprobación al final del recorrido _Y está muy bien que tenga sótano.

La casona que Musa encontró ideal para sus planes estaba construida sobre un terreno de 30 metros de frente por 70 de fondo. Un alto enrejado separaba la vereda de un frondoso jardín delantero, tras el cual podían verse dos entradas: una en el costado izquierdo, para los vehículos, que después de un portón vidriado recorría la propiedad hasta el fondo. Y al final se abría un enorme patio trasero que ocupaba todo el ancho del terreno, con paredes altísimas que no dejaban ver nada del otro lado. Había allí plantas, arbustos y una parra que lo hacían ver como el patio de una casa familiar. Pero iba a ser el patio del infierno.

Imagen actual de la intersección de Belgrano y Caseros, en la propiedad donde funcionó la DIP desde 1974. En el medio de la avenida puede verse el monolito que indica el sitio. [Foto: Jorge Balbás]

La entrada principal estaba en el centro de la fachada, donde una pequeña escalera en dos tramos permitía el acceso al hall central de la casona, toda construida sobre una base elevada a casi un metro del suelo. 

Musa vio el plano junto a Robin Zaiek e imaginó como acondicionaría el lugar. 

La mitad delantera del edificio se mantendría más o menos igual: el hall delantero de recepción se convertiría en una guardia, como la de cualquier dependencia policial, y las dos oficinas de la mitad delantera serían una para él, y otra para hacer sumarios. 

En la mitad trasera de la casona, las otras dos oficinas y la cocina se convertirían en habitaciones donde tendrían a los detenidos. 

En el baño había una tina que serviría para ahogarlos. Esa era una de las formas que Musa había aprendido que se usaba para hacerlos hablar. También iban a usar el inodoro para eso.

Entre el baño y la cocina estaba la entrada al sótano: allí pondrían un camastro con ataduras para brazos y piernas, que se convertiría en la parrilla para picanear. También ahí los iban a agarrar a patadas. Bien puestas y calculadas en los lugares del cuerpo donde habían estudiado y aprendido: los riñones, las costillas, el estómago, la cabeza. 

Iba a pasar muchísima gente por ahí en los próximos cuatro años. En esa casona sobre la avenida principal de la ciudad y a la vista de todos, donde pasaban miles de personas por día, en auto o a pie, también iban a morirse varios. 

Aquella iba a ser la segunda mudanza de la DIP en dos años. Había estado en un local céntrico en Avellaneda 440 y después se había ido a una casa antigua un poco más lejos, en Libertad 1069. En aquella casa lo habían tenido al Tigre Lóopez en agosto y a algunos otros detenidos por averiguación de antecedentes. Ahora, con el visto bueno de Musa, se iba a trasladar todo a aquel caserón enorme de la Belgrano. 

No era solo un cambio de edificio: hasta hacía unos meses, en la DIP solo se juntaban policías y carpetas con hojas tipiadas a máquina, planos, y a veces fotos de las personas que se espiaban. Ahora Juárez había aceptado la propuesta de Musa Azar y también se iban a amontonar presos, porque los efectivos de la DIP acababan de ser habilitados para realizar procedimientos, detenciones e interrogatorios por ellos mismos. 

A meses de cumplir sus cuarenta años, Musa se sentía escuchado. ¿Y ahora qué? 

Si a los veinte, antes de ser elegido para su misión, sólo quería ganar plata y vivir bien; y a los sesenta, después de ver correr tanta sangre, solamente va a querer pasar desapercibido: ¿Qué lo movilizaba ahora, al borde de sus cuarenta? 

Los poderosos habían empezado a decirle que sí a sus ideas, pero se había encontrado con una negativa enorme desde un lugar inesperado de la vida. Gilda Salomón, la maestra de Atamisqui de la que se había enamorado de joven y que ya era su esposa, acababa de atravesar un precoz y fulminante cáncer del que sólo pudo salir después de que le extirparon el útero. Gilda había sobrevivido, pero a costa de ver frustrada su posibilidad de ser madre. 

Musa supo – o pensó, porque tiempo después se daría cuenta de que se equivocaba – que no iba a tener hijos. La familia iba a ser Gilda y él. Árabe como era, la idea de la imposibilidad de tener su prole habrá sido un mazazo al ego. 

Se fue volviendo más hosco y quizás por aquella edad empezaría a adquirir aquel indisimulable rictus despectivo que arrastraría para siempre en el rostro agrisado. 

Gilda Salomón estuvo cincuenta años en pareja con Musa Azar. Aquí un el fragmento de una de las cartas que ella le enviaba a la cárcel, mientras él estaba detenido después del caso Dársena y los juicios de lesa humanidad. [Foto: Marcelo Argañaraz]

Musa se refugió por esos años en algunas amantes, poco más jóvenes que él. A algunas les compraba regalos y se quedaba varios días en sus casas. Gilda no decía nada, no preguntaba nada. Pero el principal refugio era su misión. Quizás, si en algún momento había sentido apocada su hombría por no poder ser padre, ser el hombre fuerte e implacable que comandara la misión para la que lo habían elegido podía ser una descarga. Creía que para eso sí valía su vida: perseguir y aniquilar a los subversivos y salvar a la patria de la amenaza comunista. A sus cuarenta, ese era el hombre fuerte que quería ser. O al menos el que creía que podía.

A fines del 74 ya había empezado a hacer y deshacer en la estructura del Estado provincial. Con el apoyo de los políticos civiles más poderosos en Santiago, al mismo tiempo que informaba todo a sus contactos militares en Buenos Aires. Y también había empezado a armar su equipo y a rodearse de sus propios hombres de confianza. 

En sus primeros meses de regreso a la DIP, después de haber completado el curso en la Escuela de Guerra y algunos meses antes de ser recibido por Carlos Juárez, Musa se hizo amigo de Tomás Garbi, un policía bajito, de nariz redonda y mofletes, con quien empezó a conversar porque compartían el odio que les declaraba el Tío Mañu. Así le decían ya al Jefe de Policía, Manuel González. Garbi, que además de policía era maestro de escuela, tenía amigos entre las filas del Movimiento de Integración y Desarrollo de Francisco López Bustos, el enemigo que Juárez había derrotado definitivamente en las elecciones unos meses antes. Y el Tío Mañu sospechaba que jugaba a dos puntas. 

Garbi estaba en el más bajo de los escalafones: era personal de calle, la primera línea del espionaje de la DIP. Andaba de civil y muy pocos sabían que era policía. El personal de calle estaba compuesto por hombres que olfateaban en la dirección que les indicaban y después  volvían y armaban los partes con la información que conseguían: dónde había andado fulano, con quién se había juntado mengano, a qué hora había entrado o salido zutano de qué lugar.  

Cuando Juárez lo puso al mando de la DIP, Musa arrastró a Garbi en un ascenso sin escalas al cargo de subjefe de la división. Lo ungió como su segundo al mando. Necesitaba a alguien que conociera bien la calle. Y, además, igual que él, Garbi estaba enfrentado al Tío Mañu. El encumbramiento del espía petiso y mofletudo, era también una manera de hacer enojar al viejo comisario. Muchos años después, antes de morir en la cárcel, Garbi dirá que Musa habrá sido como un hermano para él. 

El segundo hombre de confianza de Musa Azar era Ramiro López, un oficial auxiliar veinteañero, con hombros anchos y pinta de actor de cine. Los compañeros decían de él que era el mejor tirador. Fue designado como operacional: el hombre elegido para ir al frente en todos los allanamientos y detenciones. También andaba de civil. Pero como si quisiera no pasar desapercibido, se movía por las calles en un Citröen naranja en el que llevaba a los detenidos y que algunos ex presos declararán luego haber visto en los días previos a sus capturas.    

Tomás Garbi (izq.), era nueve años mayor que Ramiro López (der.). Aquí durante los juicios de lesa humanidad en Santiago, en la segunda década del siglo XXI. En 1974, cuando se unieron al grupo de tareas de Musa Azar, Garbi tenía 35 años y López 26.
[Foto: edición sobre archivo de El Liberal]

Musa armó un equipo con poco más de una decena de policías. Les enseñó lo que había aprendido en la Escuela de Guerra: las ideas que él había asumido como propias sobre lo que eran el comunismo y la subversión, los peligros que encarnaban y los modos de detectar, perseguir y destruir esa amenaza. 

Sus hombres se aprendieron las palabras, los conceptos y los esquemas de los manuales de López Aufranc hasta el punto de ver el mundo a través de ellos. Se sintieron parte y se convencieron de que el país estaba en guerra y de que ellos tenían una misión. Y con ese convencimiento se disponían a arrasar ante cada centímetro de correa que les soltara el poder político. La Ley 20.840 les dio campo para avanzar. 

Tomás Garbi y Ramiro López fueron los incondicionales de Musa, pero el resto de los hombres de la DIP, con quienes empezarían a hacer el trabajo sucio, también eran hombres de confianza. Las excepciones eran Marino y Nis, los dos parapoliciales que López Rega había mandado para cuidar a Juárez y que Juárez había mandado a vivir a la mismísima casona de la DIP para ser sus ojos y sus oídos allí dentro. 

A Marino – el matón que parecía empleado de banco – Musa y sus policías lo habían visto más de una vez sentado en el patio manipulando dinamita con un cigarro encendido en la boca. Armaba las bombas metiendo cartuchos de un kilo y medio, empaquetados en cajas con mecha y detonador. Fumaba encima de los explosivos como si no le temiera a la muerte. O como si le coqueteara. De Marino decían que no le tenía miedo a nada porque no tenía nada que perder. Que su esposa había muerto en un tiroteo en Santa Fe y desde entonces se había vuelto un temerario. Pero nadie sabía mucho a ciencia cierta de los dos matones. Y algunos se animaban a jugar con ellos: 

_Marino…_ le dijo uno en una broma que después contarían para recordarlo _Si tienes dos habitaciones: en una está Susana Giménez en bolas y en la otra hay cien kilos de dinamita ¿A cuál vas?

_A la dinamita, pibe_ contestaba Marino con su acento rosarino _¿Sabés lo que hago con cien kilos? Volamos la Catedral. Medio Santiago volamos con eso. 

Las bombas de Marino, revelará Musa después «se las armaba para poner en las casas, o en los autos, para asustar a la gente, y para poder después salir a agarrar a los subversivos». 

Entre las noticias de la prensa, junto las de robos o accidentes, podían leerse las de atentados en vehículos o casas. [Foto: El Liberal]

En la página 5 de El Liberal del lunes 18 de enero de 1975 podía leerse un título que decía «Explotaron dos bombas. Otros dos autos destruidos», y en el cuerpo de la nota decía: «Los atentados registrados se suman a los perpetrados en las madrugadas del viernes y el sábado, con lo que suman cuatro bombas en las últimas setenta y dos horas que explotaron. Como se sabe, una de ellas fue desactivada. Esta escalada terrorista ha provocado la lógica indignación de la población ya que significa un grave peligro hasta para quienes se consideran inocentes». 

Marino hacía las bombas, la prensa ayudaba creando el clima, Musa y sus hombres salían a cazar. 

*

¿Quiénes eran los subversivos que Musa perseguía en Santiago? ¿Qué querían? ¿Qué estaban dispuestos a hacer? Al momento de su llegada de Buenos Aires, Musa se encontró con que ya existía una lista de alrededor de ciento cincuenta jóvenes, casi todos estudiantes, que la policía había logrado sistematizar de una sola vez, el 29 de junio de 1972. 

Aquel año, en Santiago los estudiantes de nivel superior no eran más de quinientos: estaban distribuidos entre el Profesorado Provincial N° 1, el Instituto de Ingeniería Forestal, que dependía de la Universidad Nacional de Córdoba, y la Universidad Católica, donde se dictaban las carreras de Ciencias Políticas, Contador Público y Ciencias de la Educación.

Se había instalado por aquellos meses el reclamo de la nacionalización de la Universidad Católica, que era apoyado por los centros de estudiantes de algunas escuelas secundarias. Aún faltaban un par de años para que se creara la Universidad Nacional. 

La tarde del miércoles 28 de junio de 1972 buena parte de ese sector estudiantil organizó un acto relámpago en la Plaza Libertad para repudiar la dictadura. Se cumplían seis años del golpe que, encabezado por Onganía, había derrocado a Arturo Illia, esa misma fecha en 1966. Onganía ya no estaba en el poder – se fue después del Cordobazo en el 69 – pero aún gobernaban los militares, con Alejandro Lanusse en la presidencia. A diferencia de Córdoba, que tenía una enorme población estudiantil movilizada y un sector obrero y sindical articulado y combativo, Santiago no tenía ni una cosa ni la otra. Además de la escuálida población estudiantil, no había una masa obrera: no había grandes fábricas ni existía, como en Tucumán o Jujuy, un proletariado como el de los ingenios azucareros. En Santiago la industria forestal llevaba más de una década cayendo en picada y los hacheros estaban mayormente desorganizados y sin mucho peso político. La masa trabajadora santiagueña estaba compuesta, fundamentalmente, por empleados de la administración pública, que tampoco gravitaba mucho políticamente. Aquellos estudiantes, que empezaban a formar pequeñas agrupaciones políticas en medio de la dictadura, en Santiago estaban prácticamente solos.

Ese último miércoles de junio del 72, mientras caía un atardecer frío en la Plaza Libertad, los dispersó la policía. Los estudiantes intentaron reagruparse en la Plaza San Martín, que estaba a ocho cuadras de la plaza central y tenía en frente, de un lado la Casa de Gobierno, y del otro el Convento de Belén, donde funcionaban por la tarde algunas aulas de la Universidad Católica. En el camino de una plaza a la otra, la policía intentó reprimirlos y un grupo fue a tocar las puertas del convento, donde las monjas abrieron el enorme portón de madera y le dieron refugio a una multitud de estudiantes que comenzó a meterse a los tumbos allí donde las fuerzas de seguridad no podían entrar. 

Se repartieron entre el convento y las aulas y más de un centenar de estudiantes universitarios y secundarios pasaron toda la noche dentro, mientras afuera la calle se llenaba de autos, policías a pie o a caballo y unidades de artillería. En plena madrugada llegó a la vereda el propio Carlos Jensen, que además de ser el gobernador de facto, era el ex rector de la universidad. 

Los de adentro y los de afuera, negociaron. Uno de los mediadores fue el veterano líder de la izquierda peronista, Abraham Abdulajad. Al amanecer, después de una noche tensa, acordaron que los estudiantes liberarían el edificio, que no iban a detener a nadie, pero que sí les tomarían sus datos: fueron saliendo en pequeños grupos en camiones celulares hasta la Jefatura de Policía. Allí registraron a cada uno y a cada una. Y tomaron las fotografías de rigor, mientras en la . Se fueron libres, pero quedaron todos marcados.  

Al día siguiente, en la edición de El Liberal del miércoles 30 de junio pudo leerse: «Agrupaciones juveniles infiltradas por grupos subversivos tomaron la Facultad de Ciencias Económicas y fueron desalojados por el ejército y la policía».  

Con la retirada de los militares y las elecciones del 73 comenzaron a fortalecerse las agrupaciones políticas provinciales: había viejos dirigentes que volvían al ruedo en los partidos tradicionales – incluido Carlos Juárez – al mismo tiempo que los jóvenes con otras tendencias comenzaban a integrar las ramas juveniles del peronismo y el radicalismo.

Algunos estudiantes ya estaban vinculados a Montoneros. También se consolidaban las primeras organizaciones estudiantiles de izquierda, y grupos chicos que tejieron lazos con los partidos políticos a nivel nacional. Eran organizaciones muy pequeñas y la mayoría de los referentes se conocía entre sí. A pesar de pertenecer a partidos muy distintos, se agruparon en las Juventudes Políticas, que realizaban reuniones periódicas en la sede de la Casa del Maestro. Compartían la efervescencia de la novedad democrática, en la que la diversidad de organizaciones y la escasez de cuadros obligaban a juntarse. 

Se habían formado, también por aquel tiempo, la Agrupación de Lucha Estudiantil (ALE) y el Frente Antimperialista por el Socialismo (FAS). Existía una representación local del Frente de Izquierda Popular (FIP), que era un sector socialista pro peronista que apoyaría la fórmula presidencial Perón-Perón. Había también un grupito del Partido Comunista. Y en la Facultad de Ingeniería Forestal estaba Línea de Acción Revolucionaria (LAR), que representaba a la izquierda no peronista y al poco tiempo se ligó al PRT. Ahí militaba el Tigre López y pronto se vincularía con Ruli Figueroa Nieva y con los contactos que, como Luis Garay, llegaban de Tucumán, donde Santucho ya había empezado a armar la compañía del monte en los cerros. 

Durante la primera mitad del 74, además de las reuniones de estudio y lectura, algunas organizaciones intentaron ganar apoyo popular ayudando a evacuados y víctimas de las inundaciones que aquel verano había dejado la ciudad prácticamente destruida. En algunos, el intento solidario tuvo malos resultados. 

En el verano del 74 Santiago recibió toneladas de ropa, alimentos y mercadería desde distintas provincias para ayudar a las personas damnificadas por las inundaciones. [Foto: El Liberal]

En enero del 74 la policía arrestó a un periodista del diario El Mundo, el matutino que el PRT había comprado un año antes en Buenos Aires y que era el medio por el cual intentaba llegar a las masas. El cronista quería escribir sobre el FAS y cómo ayudaban a evacuados del barrio Rivadavia. Después de permanecer unos días detenido fue expulsado de la provincia. 

El 24 de enero pudo leerse en las páginas de El Liberal una solicitada del FAS donde la organización «repudia y denuncia el atropello fascista» y «las trabas puestas a cualquier iniciativa y ayuda hacia los evacuados, por el sólo hecho de provenir del FAS». 

A principios de marzo, dos camiones y dos jeeps provenientes de Tucumán entraron cargados de ropa y comida para los evacuados santiagueños. Los vehículos estaban pintados con los símbolos de Montoneros. En las internas del 73, Juárez había enfrentado a los jóvenes de la izquierda peronista y los odiaba. La policía detuvo el avance de la caravana y marcharon presos una decena de estudiantes tucumanos que venían en ella. 

Las Juventudes Políticas publicaron en El Liberal del 2 de marzo una solicitada en la que denunciaban «el procedimiento arbitrario e insólito” de la policía y luego llevaban el conflicto a otra escala: «Consecuentemente con lo expresado por nuestras representaciones nacionales, denunciamos la existencia de una verdadera conspiración inspirada por el imperialismo yanqui y la CIA en alianza con los eternos enemigos del pueblo y de la Nación, destinada a sabotear el proceso de Reconstrucción y Liberación Nacional, a través de las más diversas maniobras que van desde el desabastecimiento ejecutado por los monopolios hasta los atentados y crímenes contra las fuerzas populares». 

Al día siguiente, tuvo que salir el Jefe de Policía declarando a la prensa: «Esas afirmaciones carecen de veracidad y en especial deforma arbitrariamente un procedimiento policial realizado con toda legalidad y en procura del mantenimiento del orden público». El Tío Mañu dijo al diario que después de «identificar a quien era responsable del envío», descargaron las tres toneladas de mercaderías en un depósito local y se mandó a los tucumanos de vuelta a su provincia. 

Es que Tucumán ya era un hervidero y todo lo que viniera de allí ponía en alerta a Juárez y sus hombres. Todo el tiempo llegaban noticias de enfrentamientos en Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Pero, sobre todo, de lo que ocurría en los montes tucumanos, donde hacía base el Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

El 19 de enero el ERP había intentado tomar, sin éxito, la guarnición de Azul; el 10 de agosto atacaron la fábrica militar de Villa María y al día siguiente intentaron tomar el Regimiento 17 de Catamarca. 

La fecha en que Ramiro López se bajó de su Citröen naranja, en medio de una marea de autos de la policía, encabezando el operativo frente a la casa de los abuelos del Tigre López, no fue casual: martes 13 de agosto de 1974, un día después del combate en Catamarca. Se había corrido el rumor de que el ataque al Regimiento 17 – que lideró el santiagueño Hugo Irurzún – se había organizado en una reunión en La Banda. Y desde Buenos Aires bajaron órdenes a Musa de buscar conexiones. 

Uno de los mejores amigos del Tigre, compañero de la organización, había decidido poco antes pasar a la clandestinidad y retirarse al monte tucumano. Se llamaba Chicho Lescano y fue uno de los catorce guerrilleros capturados y fusilados por los militares después de frustrar el intento del ERP de robar las armas del Regimiento 17. El Tigre se enteró de la muerte de su amigo recién veinte días después, cuando lo soltaron de la DIP, sin haberle sacado ninguna información. 

El operativo militar que terminó con el fusilamiento de catorce miembros del ERP se conoció como la Masacre de Capilla del Rosario. [Foto: Infojus]

El PRT-ERP estaba organizado y desplegaba operativos en distintas ciudades, pero eran pocos: en aquellos años no eran más de un millar de militantes en todo el país. El propio Mario Roberto Santucho, máximo líder de la organización, escribió en septiembre de ese año su informe Poder burgués y poder revolucionario. Allí decía a sus camaradas: «Nuestro partido encuentra aún grandes dificultades para cumplimentar eficazmente su labor revolucionaria. Ello se debe principalmente a insuficiencias en la penetración orgánica en el proletariado fabril, débil composición social que alcanza a sólo un 30 por ciento de obreros fabriles, insuficiente habilidad profesional en la ejecución de las tareas revolucionarias y limitado número de miembros organizados».

La muerte de Chicho dejó al Tigre en estado de estupor. Mientras, el movimiento seguía: Ruli Figueroa y Luis Garay, junto con otros compañeros continuaban tejiendo redes del partido y el ejército revolucionario Santiago. 

A finales del 74 empezó a circular por la provincia un personaje extraño y escurridizo. Un militante del ERP que apareció de la nada para colaborar con el grupo de Santiago. Lo conocían como el Paraguayo, por su marcado acento guaraní. Era un treintañero de un metro sesenta y cinco. Fornido. Rulos negros, con un bigote que le bajaba por las mejillas hasta el mentón.  Recordarán sus compañeros que vestía siempre de fajina. 

Se decía que, en su trayecto, el Paraguayo había venido por el Chaco, de ahí a los montes tucumanos, que después había pasado un tiempo vagando en Clodomira y más tarde llegó a la capital santiagueña, donde lo recibió Ruli Figueroa. 

Cuarenta años después, ya con el pelo blanco y la voz algo cansada, Ruli nos dirá en el bar de una estación de servicio: «Habíamos pedido a la dirección nacional del partido un refuerzo que ayude en el trabajo político. Juan era el primer nombre. El primer seudónimo. Después se puso Ulises. Y empezamos a tener contacto. Eran citas donde conversábamos y después lo integramos a la organización. Las citas eran en lugares públicos. En alguna plaza. O en la costanera. Él era más grande que nosotros. Como de treinta. Tenía cierta formación. Forjado en la práctica. Con capacidad para relacionarse con la gente humilde. Era bueno. Podía ser de gran ayuda. Entre nosotros predominaban los sectores del estudiantado, gente muy de clase media. Nos faltaba más llegada al pueblo y él nos ayudar con eso». 

Mientras Ruli lo apañaba, Luis desconfiaba del Paraguayo. Nadie sabía nada de él.

Poco tiempo después de la llegada de Ulises, los hombres de Musa allanaron una casa en 24 de septiembre 1377, detrás del Hogar Escuela Eva Perón. Allí alquilaba la propiedad un joven matrimonio: Fredy Ruiz y Mary Acosta de Ruiz. Ambos eran militantes del ERP y acababan de recibir desde Tucumán un cargamento con fusiles FAL, municiones, un mimeógrafo y cuarenta mil pesos. Fredy y Mary fueron detenidos y todas las propiedades incautadas. ¿Cómo supo Musa del día justo en que llegaban las cosas a aquella casa? Luis creía que el Paraguayo era un infiltrado y los había batido. Ruli le recordaba que la policía ya tenía su red de espionaje y podía haberse enterado por cualquier lado. 

Sin embargo aquel hallazgo de armas y dinero no fue lo que desató la persecución más intensa que comenzó al poco tiempo. Fue, en cambio, un episodio que ocurrió en Tucumán.  

A las 11 de la mañana del lunes 5 de enero de 1975, un avión Twin Otter se estrelló contra la ladera del cerro Ñuñorco Chico, cerca de Tafí de Valle. Era una aeronave pequeña que había despegado más temprano desde Córdoba en misión de reconocimiento con trece militares, entre los que estaba el Comandante del III Cuerpo del Ejército, Enrique Salgado. 

El avión se encontró horas más tarde completamente destruido y los cuerpos carbonizados, por lo cual jamás pudo comprobarse lo que se dijo entonces públicamente: que la aeronave había sido derribada por la guerrilla, con poderosas ametralladoras antiaéreas de origen ruso. Cuatro semanas después, Isabel Perón firmó el decreto 261/75, que habilitó a las Fuerzas Armadas a desplegar el Operativo Independencia para «neutralizar y/o aniquilar» a «los elementos subversivos» en Tucumán. 

Mil quinientos soldados se desplegaron entonces por los cerros. En las ciudades cercanas ya había comenzado la intensificación de la búsqueda y captura de posibles aliados de la guerrilla. 

*

En el verano del 75 Santiago era una ciudad calurosa y húmeda, donde todavía los acondicionadores de aire eran un bien suntuoso. No había más de diez o doce edificios en altura: frente a la plaza el TabyCast y el Grand Hotel, sobre la avenida Belgrano el Nuevo Banco y el Provincia y, no mucho más lejos, algunas torres de monoblocks. En distintos barrios podía verse las tropillas de hombres trabajando en la reconstrucción de casas y calles, después de la gran inundación del año anterior. El ritmo de los días recuperaba cierta normalidad y la gente volvía a apiñarse en las calles del centro de la ciudad como si nada hubiera pasado.

Las calles del centro de Santiago a mediados de los setenta [Foto: El Liberal]

Río Dulce Grill, una parrilla a la orilla del río se promocionaba como «el lugar más fresco de Santiago», y anunciaba concursos de bailes de rock los viernes, sábados y domingos. La tienda de moda para comprar ropa era Famularo, que para ese verano ofrecía mallas de mujer a 99 pesos, shorts de baño a 57,  y bolsos de viaje a 29. 

En la tele, que todavía era en blanco y negro, Canal 7 tenía un informativo que pasaba cada media hora entre las series y dibujos animados. Pasaban Kung Fu y Las aventuras de Meteoro. Había cuatro cines en la ciudad: el Petit, el Rex, el Santiago y el Renzi. En los carteles de entrada se podía ver a Roberd Redford, Paul Newman, Shelley Duvall o Alain Delon. Algunos iban a ver las primeras películas porno que solamente las pasaban el Santiago y el Renzi. Todos promocionaban proyecciones en tecnicolor y el cine Santiago era el único que anunciaba que tenía «refrigeración». 

En la radio se escuchaban algunas canciones de la época rockera de Sandro, y temas melosos de Camilo Sesto y Roberto Carlos. Aunque los artistas que estaban en el tope de la venta de discos eran el chamamecero Tarragó Ros y el romántico Beto Orlando. Leo Dan ya había dejado de filmar películas pero seguía sacando un disco por año. 

Los jóvenes iban a bailar a boliches como Vinicius, o a clubes como Gimnasia y Esgrima, que los fines de semana anunciaba «las primeras 20 señoritas pasan gratis» y prometía en sus avisos «regalos para los presentes, colorido, animación, ritmo y juventud». 

En las calles de aquella ciudad cancina y pastosa, empezó a verse de cuando en cuando, pero cada vez más seguido, algún chico o chica que iba diciendo en voz alta su propio nombre, con dos o tres tipos apretujados a la vuelta. Algunos asustados y otros tranquilos, como zombis. La gente alrededor seguía su paso al trabajo. O al cine, o a la parrillada. Esquivando la mirada o murmurando. 

Habían empezado a aumentar las detenciones y los jóvenes militantes sabían que, en algunas provincias, había presos que desaparecían. Entonces estaban entrenados: si te agarraban no tenías que resistirte, y si estabas en la vía pública tenías que decir tu nombre para que, con suerte, algún testigo supiera que en ese lugar te habían chupado. 

La noche del miércoles 15 de enero tres policías de Musa levantaron de la Plaza Libertad a Mario Bravo, Rubén Barraza y Mario Molinillo. Militantes del Frente de Izquierda Popular. Muchos años después, Rulí Figueroa nos dirá: «Ahí mediante tortura sacan el nombre de Pedro Ramírez y de varios más. Tiran la cadena y empezamos a caer todos». La semana del lunes 20 al viernes 24 fue frenética. 

Musa Azar cuenta sobre el seguimiento a las organizaciones y su relación con Jorge Rafael Videla.[Marcelo Argañaraz]

El lunes un grupo comandado por Tomás Garbi se llevó de la puerta de su casa a Pedro Ramírez, el bandeñito de 17 años por el que seis meses después se terminará desatando el motín en el Penal de Varones. 

El martes Ramiro López entró a la casa de Alcira Chávez, también de 17 años. Le decían la Gringa. Había empezado militando en las Juventudes Guevaristas del secundario y después en el PRT. 

La llevaron a la casona de la DIP. Antes de ser derivada al Penal de Mujeres la interrogaron y la torturaron en el baño y en la oficina de Musa durante varios días. Cuarenta años después, durante los juicios por las megacausas de derechos humanos, se animará a contar públicamente que en un momento en que la tenían en el sótano, la violó uno de los hombres que la custodiaba. Señaló al policía Paco Laitán. En noviembre del 76 le van a vendar los ojos, la van a subir a un avión y con el viento en la cara van a amenazar con tirarla al vacío. Pero un rato después van a aterrizar e informarle que la han trasladado a la cárcel de Devoto, donde permanecerá presa hasta 1981. 

El miércoles 22 de enero a la noche, cuando Ruli volvía a su casa en la calle Luis Braile, al sur de la ciudad, se encontró con dos hombres que bajaron de una camioneta rastrojera en medio de la oscuridad. Le dijeron que eran policías y se lo llevaron a la DIP. Ahí le vendaron los ojos, y le hicieron el recibimiento de dos horas reloj de trompadas contra la pared. Le decían que tenía que declarar su vínculo con alguna organización guerrillera. No sabían mucho de Ruli, que tampoco dijo nada. Antes de trasladarlo al Penal de Varones, lo torturaron durante días.  

Ese mismo miércoles, tres policías interceptaron en la calle Islas Malvinas a Juan Perié, un estudiante que había venido de Misiones a estudiar ingeniería forestal. Lo llevaron a la DIP y lo torturaron en la bañera y en el patio durante una semana, hasta llevarlo al Penal. 

El viernes 24 por la mañana Ramiro López entró en el Colegio de Médicos junto con un segundo policía. Salió llevándose de allí a Susana Habra y Luis Garay. Los dos trabajaban como administrativos en aquella oficina y militaban secretamente en el PRT. 

A Susana la interrogaron, la tuvieron unos días y la largaron, para volverla a detener el 16 de agosto, de la puerta de su propia casa. Terminó en el Penal de Mujeres y después, igual que Alcira y otras detenidas, irá a parar a Villa Devoto durante años. 

Luis la pasó peor. Estuvo la primera semana en la DIP. Debía estar todo el día parado mirando una pared, y a la noche eran las sesiones de tortura. 

Los policías de Musa lo agarraban a patadas y trompadas de a tres o de a cuatro. Lo punzaban en las piernas y le apagaban cigarrillos en las puntas de los dedos. Lo ahogaban en la bañera. Después lo sentaban en una silla y lo cacheteaban para que no se duerma. A la mañana siguiente, de vuelta a la pared. Mientras le pegaban, Musa le pedía nombres de sus compañeros y le insistía que firme un papel donde se hacía cargo de haber cometido atentados terroristas. Pero Luis no cedía a ninguna de las dos cosas.

Luis Garay fotografiado por los policías de la DIP durante su detención en enero de 1975. [Foto: gentileza Luis Garay]

Un par de veces, durante el día y por su cuenta, lo atendieron Marino y Nis: 

_Hablá pibe_ le decía en simulada complicidad Oscar Nis, el secuaz de Marino al que apodaban el boxeador y que en esas sesiones jugaba de policía bueno _Va a ser mejor así_ le insistía _Estos tipos son duros, te van a reventar. 

Y después de un rato en que Nis jugaba a que intentaba por las buenas y de que Luis no hablaba, venía Marino a romperlo a trompadas. En general los torturadores de la DIP atacaban en grupo. Marino se animaba a agarrarlos solo. Especialmente a los que eran del PRT. Él rosarino, además de matón, era peronista. De la derecha más dura. Aun así no solía meterse con los detenidos de Montoneros o la jotapé. Pensaba que, aunque estaban equivocados, eran al fin y al cabo compañeros. Pero a los zurdos, decía él, les tenía asco. Y ahí sí se descargaba. 

Hecho un trapo y esposado, un día Luis terminó en el asiento de atrás del Citröen naranja de Ramiro López deambulando por la ciudad. Los policías de Musa lo llevaron a un descampado y ahí bajaron todos. Le dijeron que era su última oportunidad de hablar. Ramiro López sacó un revólver e hizo un tiro al aire para mostrar que estaba cargado. Le dijo que corriera. Luis se lanzó a las zancadas con las pocas fuerzas que le quedaban, con las manos en la espalda mientras sentía zumbar las balas que le pasaban por los costados. Pensaba que corría más rápido o moría. Tropezó y cayó de bruces. Ramiro López caminó con el arma humeando hasta el lugar donde había quedado tirado Luis. Lo agarró del cuello, le acercó el arma y le hizo un disparo que le pasó rasando el oído. 

Golpeado y aturdido, después de aquel simulacro de fusilamiento, Luis volvió a ser arrastrado a la DIP y empezó su peregrinación por distintos lugares donde lo siguieron interrogando y torturando. 

Lo llevaron a la Escuela de Policía, a la Comisaría Sexta, y a la oficina del pringoso Juez Grand, en el Juzgado Federal. Finalmente, terminó en el Penal de Varones, con el resto de los detenidos.

Esa semana, la cacería continuaba. La noche del jueves 30 de enero un grupo de policías entró por la fuerza a la casa de Cristina Torres, en la avenida Roca 1222. Iban Musa, Ramiro López, Garbi y Marino. Todos con armas largas. Cristina tenía 23 años y estudiaba sociología en la Universidad Católica. Militaba desde que era estudiante secundaria en el Bachillerato Humanista y había estado refugiada en el convento en el 72. En el 75 era encargada de propaganda del FAS y estaba embarazada de tres meses. Terminó en la DIP, donde la desnudaron, la golpearon, la ahogaron en la bañera y le apagaron cigarrillos en todo el cuerpo. Por las torturas perdió el embarazo. La hicieron pasar por otras habitaciones en penumbra donde pudo ver chicos de su edad arrodillados o en cuclillas, con los ojos vendados. Quietos, refugiados en sus pensamientos, casi ajenos a la postal de terror de la que eran parte. Alguno de ellos podría haber sido Luis o Ruli. No lo supo. Había más gente que estaban deteniendo. En ese momento no reconoció a ninguno. Después la llevaron al Penal de Mujeres. Irá a parar, algunos años más tarde, a la cárcel de Devoto. Igual que Susana, Alcira y otro grupo de mujeres. 

Cuando los parientes de los presos empezaron a preguntar con más insistencia qué estaba pasando con las detenciones, el gobierno tuvo que salir a decir que la situación era grave. El 7 de febrero EL Liberal publicó una nota con el título «Células extremistas en Santiago proponíanse eliminar  al  jefe  de  policía  y  otros  altos funcionarios». 

El Tío Mañu, que era el que siempre salía a hablar con la prensa, le respondió a un periodista por las detenciones de Molinillo, Bravo y Barraza del 15 de enero. Los tres que, como decía Ruli, habían tirado la cadena. Aunque habían sido detenidos en Plaza Libertad, el Jefe de Policía declaró que los habían arrestado mientras deambulaban frente al Concejo Deliberante, que estaba a pocos metros de la Jefatura de Policía. La nota del diario dice que Molinillo «portaba una revista de la última edición del Frente de Izquierda Popular (FIP) y una libreta tipo Avon con varias anotaciones. Entre ellas figuraban la formación de grupos comando con gente a traer desde Córdoba y datos sobre atentados terroristas registrados en esta provincia». En el relato, los peligrosos miembros de las células extremistas no llevaban otras armas que papeles, que nunca se vieron.

Aquellas noticias permitían justificar la continuidad de las redadas y detenciones. Y también los silencios y evasivas oficiales durante marzo, abril, mayo y junio. 

Ahora, los que se han amotinado en el Penal esta noche del 17 de julio de 1975 ya tienen el cuerpo y la cabeza amortiguados por meses de torturas. En la noche helada aún resisten pero están arrinconados, asfixiados por los gases. Prácticamente a ciegas, revolean los jabones y las bombas molotov contra los guardias que intentan subir al Pabellón 4. Cuarenta años después, en su oficina del Instituto Espacio de la Memoria, Luis Garay nos dirá recordando esta noche: «La verdad es que si lográbamos salir del Penal no teníamos a donde mierda ir. Sabíamos que esa noche no íbamos a escapar. Esa noche estábamos tratando de lograr otra cosa». 

*

Dos veces temió por su vida Musa Azar durante aquel violento año de 1975. Fue después de las primeras redadas de enero y febrero, cuando vino el contraataque. 

La primera vez, una noche que lo despertaron disparos en la vereda de su vieja casa familiar en la calle Moreno. Pensó lo peor: que habían matado a los custodios y que venían por él. Saltó de la cama y sin vestirse agarró una itaka que guardaba en la habitación de al lado. Comprobó que estuviera cargada y encaró raudo hacia la puerta. Desde afuera, parapetado en el zaguán, uno de sus guardias, muy alterado, le pidió que se quedara dentro. El enfrentamiento ya había pasado. Un auto se había detenido en medio de la calle y por la ventanilla habían disparado contra los guardias, que respondieron el tiroteo con más balas. El auto había escapado por la avenida Moreno. 

Cuarenta años después, Musa nos hablará de un personaje sin que nosotros lo hubiéramos mencionado antes: «Ahí andaba el petiso peligroso ese: el  Paraguayo, que era jefe de célula. Ulises era el nombre de guerra». 

Varios meses después de aquel tiroteo hubo otro ataque. Esta vez en la casa de una de las amantes de Musa Azar en la esquina de Congreso y 12 de octubre, al oeste de la ciudad. Dos balazos reventaron contra el portón, a centímetros de Musa, una noche que entraba a ver a la dueña de casa. Otra vez el Paraguayo. Otra vez la custodia, que llevaba y traía a Musa en un auto, lo ahuyentó a los tiros.  

Musa supo después que Ulises se había instalado a vivir en la casa de un maestro de escuela de apellido Suarez, que era militante del partido y vivía en la misma cuadra que su amante. Desde ahí habían estado siguiendo sus movimientos durante semanas. 

Algunos, que caerán presos después del golpe militar, dirán que Musa y sus torturadores les preguntaban muchas cosas, pero que lo que más querían saber era dónde estaba el famoso Paraguayo. 

Javier Silva, un albañil que será detenido y torturado en agosto de 1976, se encontrará en la DIP con un hombre que intentará consolarlo. Que le dirá que su nombre es Ulises. Le dirá que se quede tranquilo, que aguante, porque los van a largar pronto. Pero después de ese encuentro, Silva no lo verá más. 

Mercedes Yocca, una mujer que será detenida unos días después que Silva, será interrogada por Musa en su oficina. Para asustarla, le traerá a los tumbos a un hombre con la cabeza empastada en sangre chorreándole por los rulos, con la boca destruida contra los dientes y la cara hinchada. A pesar de que estará muy golpeado, Mercedes reconocerá al Paraguayo: era el que repartía la revista El Combatiente entre sus amigos. Ella será la última en verlo. Musa nos dirá, cuarenta años después sobre Ulises: «Debe estar tapado en Pozo de Vargas». 

Luis y Ruli, por separado, nos van a decir algo triste: «Nunca nadie preguntó por él. Nadie lo ha buscado ni ha intentado recuperar sus restos”. 

*

Son las once de la noche del 17 de julio de 1975 y finalmente, entre la nube de gases emerge tembloroso un trapo blanco atado en un fierro. Los presos del Pabellón 4 se rinden. 

Los colchones, ya negros y sin fuego están en un rincón, apagados con mangueras de la policía. El suelo es un desastre de agua y restos de basura. Mientras la humareda y los gases se disipan, desde la planta baja del Penal una voz les da la orden a los amotinados para que bajen de a uno. Cuando el primero se acerca al borde ve que han hecho un túnel de policías, que recorre los tres tramos de la escalera hasta abajo. Una fila de hombres armados a la izquierda, otra fila a la derecha, esperando con las cachiporras de madera en la mano. Al final de la escalera está Robín Zaiek, el Ministro de Gobierno, con su traje y la corbata floja. Musa está con él. Zaiek los anima a bajar y les dice con tono perverso y rústico ingenio: 

_¡¿Ustedes son los que denunciaban apremios ilegales?! ¡Ahora van a tener premios legales! 

Antonio Robin Zaiek era el hombre de máxima confianza de Carlos Juárez. Apoderado del PJ y ministro de Gobierno entre 1973 y 1976. [Foto: IEM]

Desde arriba los muchachos del Pabellón 4 ven que el túnel de policías atraviesa toda la planta baja hasta el patio. Saben que les van a pegar, pero no les queda otra que bajar. Están todos mojados. Algunos descalzos, porque se habían sacado los zapatos y las medias para hacer los proyectiles. Les ha vuelto el frío y tiemblan. 

Se lanza el primero a correr escalera abajo entre los cachiporrazos. Detrás van el segundo y el tercero a los resbalones. Y luego todo el resto. Pasan encorvados, intentando atajarse en vano con los brazos en alto o las manos en las cabezas. La madera llueve seca contra el cuero y los huesos y retumba en todo el Penal mientras avanza la fila por el corredor de policías hasta el patio. Al final del recorrido, que dura unos minutos incontables, los meten a todos en un camión celular. 

A la medianoche llegan al Penal de Mujeres, pero ahí las autoridades se niegan a recibirlos. La directora dice que no va a hacerse cargo de presos golpeados, amoratados y sangrando. Adentro están Cristina, La Gringa y las demás, muy ajenas a lo que estaba pasando en el Penal de Varones. Los presos del Pabellón 4 empiezan entonces un peregrinar por las distintas comisarías de la ciudad, donde los van repartiendo de a dos o de a tres.  

Al día siguiente, El Liberal publica: «Amotinamiento en la Cárcel. Detenidos por actividades subversivas provocaron un desorden que fue sofocado». 

El Tío Mañu, que sale a dar explicaciones otra vez, dice que los destrozos habían sido totales pero que no había heridos. Inmediatamente, y citando la publicación de El Liberal, los familiares envían una carta a la Legislatura Provincial y al diario, pidiendo explicaciones. 

En uno de los párrafos de la larga carta puede leerse: «Numerosas personas sin discriminación de edades, fueron y son detenidas en todas las cárceles del país, sometidas a apremios ilegales, declaradas prófugas, perseguidas, etc., bajo pretexto de seguridad de Estado». Los familiares de los presos piden a los legisladores santiagueños que apoyen sus gestiones con el gobierno provincial y nacional para que se derogue la Ley 20.840, y que se investiguen las detenciones y los hechos que han ocurrido  en el Penal la noche del 17 de julio. 

En menos de una semana todos los presos que se han amotinado vuelven al Pabellón 4 del Penal de Varones. Los guardias han limpiado la cárcel y no ha quedado nada de lo que había antes. Juárez barre de un plumazo al policía Olivera y al cura haitiano Phillis Pierre. Los van a reemplazar dos tipos más oscuros y los jóvenes presos ya no van a tener privilegios. Viene un director de apellido Silveti, al que apodan cucaracha. Y para reemplazar al padre Pierre, traen a Luis Marozzi, un cura joven y sombrío, aliado de los militares. En el Pabellón 4 han dejado apenas unos catres y han retirado todos los beneficios. 

Al llegar de vuelta a la cárcel, Luis toma un pedazo de carbón del patio y más tarde lo lleva hasta el Pabellón 4. Lo usa para escribir un letrero enorme en la pared del Pabellón: «17/7/75: Día de la Victoria». 

A pesar de la paliza, y de seguir presos, han logrado su cometido: que se empiece a hablar públicamente de las detenciones y las torturas. Todavía les duelen los moretones y los cortes, pero por unas horas se sienten triunfadores. Es, quizás, la última batalla que ganan. La situación está a punto de ponerse mucho peor. 

*

Interludio en colores

La tarde del lunes 17 de septiembre de 2018 entramos a la casa de Musa Azar por tercera vez. Conversamos durante tres horas en el comedor. En medio de la entrevista nos interrumpe el timbre, que suena como el timbre de la casa de cualquier persona normal. Musa se pone de pie, y por la ventana que da al patio del fondo vemos que empieza a oscurecer. Va a atender la puerta con la tobillera de la policía abombándole la botamanga izquierda del pantalón. Abre y entra un hombre fibroso, de pelo blanco y mandíbula cuadrada. Tiene pantalón y remera celeste. Parece apurado. Atraviesan juntos el pasillo de vuelta hacia el comedor, hablando en voz baja. El hombre fibroso deja unos papeles en la mesa y se acerca a nosotros para darnos la mano. Nos miramos un instante medio incómodo y el visitante se vuelve hacia Musa: 

_Ya después te voy a traer eso que hablamos_ le dice, seco. Y Musa Asiente con un graznido. El hombre se va solo por el pasillo y atraviesa la puerta que había quedado abierta hacia la calle. 

Cuando se sienta otra vez y retomamos la charla, Musa nos dice que el hombre fibroso era uno de los infiltrados que tenía en Agua y Energía. Y que ahora «le hace algunos trámites». 

Nos da un número: en la época de Juárez, después de que volvió a ganar la gobernación en el 95, Musa Azar llegó a tener más de 300 infiltrados en la administración pública. También en algunas empresas privadas y entre los choferes de colectivos. Le seguimos preguntando.

_ ¿Qué diferencias había a la hora de hacer inteligencia en los setenta y después en el juarismo? Porque para ustedes el comunismo ya no era un problema en los noventa. 

_ No. Ya nos dedicábamos a la política. A responderle a Carlos Juárez. La diferencia es que en los períodos anteriores la Nina no aparecía mucho. Y después, en los noventa, ya la que mandaba era ella. Él obedecía ciegamente las decisiones de ella. Pero nosotros respondíamos a él. Y ella ha empezado a travesear después. 

_ ¿Pero el trabajo se hacía igual en los noventa? 

_Sí. Igual. Había buzones en distintos puntos de la ciudad. Cada agente infiltrado seguía a las personas que tuviera que seguir, hacían el parte y lo dejaban en el buzón. A la tarde venía el jefe de calle, que era hombre nuestro de la policía, abría el buzón, sacaba todos los partes, leía y le pasaba al jefe de personal fijo en departamento. Ese leía también, y de acuerdo a la importancia, me informaban a mí, previa vista a Garbi. Y ahí tomábamos las decisiones que había que tomar. 

_Usted ha sido el creador de la materia de inteligencia en la Escuela de Policía ¿Cómo es una materia así? 

_ ¿Para vos qué es ser inteligente?

_No sé.

– Es saber elegir lo mejor. Si quieres comer un asado, saber elegir los mejores cortes del asado. Si quieres comprar un auto, saber cuál es el mejor. Ser inteligente es saber elegir lo mejor de cada cosa. Vos recibes una información, a la información la desmenuzas a través de los órganos que vos tienes internamente. Por ejemplo, te dicen fulano anda en cosa rara. Eso es información suelta, y tienes que hacer todo lo posible para establecer cuál es la verdad y actuar. Cuando yo agarro el mando del D2 en el 73, tenían mil y pico de legajos. Y cuando yo terminé, entrego con cuarenta y ocho mil legajos. De toda gente que había participado de alguna manera en la política, o en la oposición, o el terrorismo. 

Al final de la tarde, nos hemos pasado buena parte del tiempo hablando de infiltrados, de inteligencia y de política. Pero antes de irnos, como si nos hubiéramos olvidado de dónde estamos, hablamos de amor. 

El tema aparece sin haberlo pensado. ¿Quién piensa en hablar de amor con un genocida? ¿Puede amar alguien que se dedica a perseguir y torturar? Ocurre al final, mientras salimos con el cuerpo cansado de una larguísima conversación, como quien sale pesado de un río barroso después de haber nadado largo rato en aguas bravas. Es así. Cada vez que venimos, nos vamos con la conversación pesando en el cuerpo, como si lleváramos la ropa mojada y pegajosa. Y así las cosas, le preguntamos por el amor a secas, casi cin querer. Y sin titubear nos dice que nos va a hablar de la mujer que más ha querido. Contesta como si hubiera estado esperando mucho tiempo que alguien se lo preguntara. 

Otra vez se levanta de la silla, se pierde por el pasillo del fondo, que da a las habitaciones y al rato vuelve con un papel. Nos damos cuenta de que la conversación va a seguir. Trae una carta que Gilda Salomón le escribió un 15 de noviembre de 2011, mientras Musa estaba preso. Es como un hilo descosido del tiempo, un residuo de dos ausencias. Porque en el papel Gilda ha dejado palabras para un hombre que no estaba, y ahora que la leemos es ella la que falta. Murió en 2014, cuando la volvió a atacar el cáncer que había vencido en su juventud. En esa carta de 2011 le dice que no puede vivir sin él desde que se lo han llevado a la cárcel. Le dice mi negrito. ¿Cómo habrá sido el hombre que veía Gilda? ¿De qué tormentas se arropaban en sus abrazos? ¿Qué habrán pensado él y ella cuándo estaban juntos en silencio? 

Musa Azar tuvo varias amantes y una relación breve con Marta Cejas, que fue la madre de sus dos hijos. En paralelo, durante cincuenta años, mantuvo un vínculo estable con Gilda Salomón. [Marcelo Argañaraz]

En sepia

Cuando vienen a buscarlo, en el otoño de 1995, Luis Lupieri está a cargo del destacamento Smata, en un barrio obrero al sudeste, donde termina la ciudad y hay más descampados que casas. Sus amigos le dicen Lucho o Lupi. Tiene algunos, pero son más los enemigos, que directamente le dicen Lupieri, con bronca. 

En el 88, durante el gobierno de César Iturre, Lupieri había destapado una banda de falsos policías que estaba integrada por rateros y maleantes de poca monta, sostenida por algunos jerarcas que les daban uniformes y armas para hacer trabajos sucios. En aquel momento una jueza solitaria que tomó la denuncia y se hizo cargo de la causa, lo llevó para trabajar como instructor y comandar la investigación. Lupieri, que en el 88 no había cumplido 30 años, ayudó a voltear al Jefe de Policía, sus cómplices dentro de la fuerza y a la banda de oficiales truchos. 

A Lupieri había quienes lo consideraban un traidor. En todo caso, era un policía anormalmente recto. O con sus propios códigos. Y por lo tanto, para muchos, no era de fiar. Por eso, cuando se reordenó la policía, lo mandaron lejos. 

A sus 35 años, Lupieri es un tipo medio inexpresivo, de cara redonda. Tiene, demasiado pronto, la cabellera platinada. Dirá que era así porque había vivido mucho en muy poco tiempo. No es ni alto ni bajo. Callado. Cuando viene a buscarlo Musa Azar a la puerta del destacamento, lo acompaña uno de los pocos tipos que le dice Lucho o Lupi. Es Dante Del Castillo, que había sido su compañero algunos años antes en la Comisaría Décima del barrio Autonomía: 

_Juárez va a volver _ le dice Del Castillo a Lupieri _ Y te vamos a necesitar para saber quién es cada uno. Porque aquí hay personas muy deshonestas, Lupi. 

Del Castillo es sobrino del Tío Mañu. El viejo jefe de policía de Carlos Juárez en sus gobiernos de los setenta y el ochenta ya ha muerto. Y Dante Del Castillo sabe que va a heredar el cargo de su tío, por su historia familiar y porque ha sabido acomodarse. 

Musa, que ha colaborado en la inteligencia durante la campaña electoral, pero aún no sabe qué lugar va a ocupar en el nuevo gobierno, ha olvidado sus viejas enemistades y hace buena letra al lado de los que se están arrimando a Juárez. 

Y a Lupieri lo quieren porque sabe algo que el resto no sabe. Después del caso de los policías truchos se fue a hacer un curso de investigaciones sobre drogas en la Policía Federal, y allí no sólo aprendió todo lo que hay que saber sobre sustancias peligrosas: además se ha vuelto experto en escuchas telefónicas, micrófonos y cámaras ocultas. 

Musa acompaña a Del Castillo, pero desconfía de Lupieri. No lo ha salpicado el escándalo de los policías truchos, pero no le gusta este policía raro. Extrañamente, no se acuerda de la primera vez que se vieron. Pero Lupieri sí. Lupieri se acuerda bien. Se habían cruzado por primera vez unos días antes de las elecciones presidenciales de 1983. 

Luis Lupieri en una fotografía tomada a principios de los 80, cuando recién ingresaba en la policía. [Foto: gentileza Luis Lupieri]

Luis Lupieri tenía 23 años y estaba apostado cuidando el tránsito sobre la avenida Rivadavia, frente al enorme Colegio del Centenario, donde empieza, angosta y en dirección hacia el sur, la calle Córdoba. Por aquella callecita vio venir, contramano, una camioneta que manejaba Musa Azar. Lupieri lo paró y le pidió los datos para mandar hacer un acta de infracción. 

Musa ya llevaba varios años retirado de la policía, pero le contestó indignado: 

_¿Usted no sabe quién soy yo? Esto no se le hace a un colega. 

Lupieri era un raso subinspector ayudante, pero ya era un policía extraño. Le contestó que encubrir no era de buen compañero. Que él era policía y no cartero. Y que se estacionara para que le hicieran el acta de infracción. 

Sin más opción que estacionarse, Musa le contestó: 

_Qué cagador que sos. 

A principios de julio de 1995, pocos días después de que asuma Juárez, y por orden del flamante jefe de policía, comisario mayor Del Castillo, Musa lo va a llamar a Lupieri para trabajar con él en Infantería. Le va a decir que lo necesita ahí hasta que pueda volver a juntar a sus viejos compañeros para armar su equipo otra vez. No se va a acordar de aquella multa del 83. Aquel límite que le puso el joven policía sería casi un presagio de lo que va a venir. Porque dentro de muy poco, Lupieri va a empezar a perseguir a Musa Azar. 

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