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Las tergiversaciones de Locke y Rawls, perpetradas por Milei y Rosenkrantz

7 Minutos de lectura

Por Javier Flax.

Si el neoliberalismo pudo instalarse, fue a través de la violencia, matando y desapareciendo personas en América Latina o a palazos y rompiendo huelgas en USA y Gran Bretaña. Pero si pudo mantenerse y hacer reformas retrógradas, fue gracias al ideario que supieron instalar. Como decía Robert Merton en su Teorema de Thomas: si  algo no es real, pero se lo cree real, tendrá consecuencias reales.  

Los neoliberales siempre lo tuvieron tan claro que el propio Milton Friedman lo repetía a su manera cuando afirmaba que “sólo una crisis –real o percibida– da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas  hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.  

Ya sabemos cómo generan las crisis y aprovechan la excepcionalidad. Hoy estamos de nuevo con una crisis de deuda externa que condiciona la realización de los derechos fundamentales a la base de nuestra democracia constitucional. 

Mientras tanto, aprovechan para instalar las ideas a las que quieren que nos acostumbremos a creer para realimentar el “consenso neoliberal”. Como es sabido, el programa neoliberal es el programa político del capitalismo concentrado. Su objetivo fue dinamitar el Estado de Bienestar para instalar un Estado no solamente mínimo, sino lo más bobo posible para que los “mercados autorregulados” hagan todo lo que quieran, es  decir, abusen de su poder de dominio en el mercado a cómo se les dé la gana.  

En cuanto a la instalación de creencias, las recientes expresiones de Rosenkrantz y Milei están en la misma frecuencia discursiva y argumental.  

Con respecto a los dichos de Javier Milei, me refiero al memorable debate con Juan  Grabois que acertadamente organizó el periodista Jorge Fontevecchia, aunque lo publicó  con un título algo desafortunado: “Juan Grabois y Javier Milei, más parecidos que diferentes: los dos quieren cambiar el mundo”.  

Milei está lejos de querer cambiar el mundo, dado que su objetivo es que el orden neoliberal permanezca. Vale la pena leer el debate de punta a punta, porque Milei se deshilacha. Una cosa es gritar frente a periodistas complacientes y otra es debatir con un cuadro político con muchas lecturas encima. El principal eje del debate fue el futuro del trabajo y la eventual implementación del salario de ciudadanía. Obviamente, Milei se opuso con argumentos que se fueron cayendo uno por uno. No por nada el copete de la nota dice “Milei va reconociendo la inaplicabilidad de parte de sus ideas”. 

Comentar todo el debate es imposible, pero querría referirme a las expresiones de  Milei cuando Grabois le dice que quien está frente al dilema de, o bien elegir entre no comer o bien ser explotado brutalmente, no está ejerciendo efectivamente su libertad.  Milei responde: “cómo que no, también podés elegir morirte de hambre y morirte.” Y luego agrega frente a la pregunta de Fontevecchia: Javier, ¿vos sinceramente defendés el derecho a morirse de hambre? 

M: Cada uno puede hacer de su vida lo que se le da la gana.  

—Pero sinceramente en esa situación a una persona no solamente la hacen trabajar 18 horas… 

M: Si tenés la posibilidad de trabajar y alguien lo eligió, prefirió no trabajar y que sus hijos  se murieran de hambre. 

En rigor, Milei encarna el pensamiento instalado por Joseph Townsend a fines del  Siglo XVIII en su célebre Disertación sobre la Ley de Pobres, publicada en el significativo año 1789, en la que promueve abolir en Inglaterra las Leyes de Pobres, es decir, la ayuda  social. Las leyes de pobres establecían la obligación del Estado de alimentar a la población que había sido expulsada de los campos a partir de un cambio en la matriz  agropecuaria: los cercamientos de las tierras comunales. Pero esas leyes eran un  obstáculo para el desenvolvimiento del capitalismo durante la Primera Revolución  Industrial, dado que los patrones querían que los pobres trabajaran en las minas de carbón y en las fábricas por mendrugos. Como accedían a esa ayuda elemental que solamente evitaba que murieran de hambre, los pobres no querían trabajar por lo mismo que recibían del Estado.  

Por eso Townsend expresa: “El hambre domará a los animales más feroces, le enseñará decencia y civilidad, obediencia y sujeción, al más perverso. En general, es sólo el hambre lo que puede aguijonearlos y moverlos a trabajar; pero nuestras leyes han dicho que los pobres no tendrán hambre jamás. Debemos confesar que las leyes han dicho también que los pobres serán obligados a trabajar. Pero entonces la obligación  como restricción legal se atiende con grandes problemas, violencias y ruidos; crea mala  voluntad y nunca puede producir un servicio bueno y aceptable; en cambio, el hambre no es sólo pacífica, silenciosa, una presión constante, sino que, como la motivación más natural para la industria y el trabajo, induce los esfuerzos más poderosos…’  

No en vano Karl Polanyi en su enorme libro La gran transformación cita ese párrafo y pone a Townsend como el padre ideológico del Estado mínimo y los mercados  autorregulados, es decir, del neoliberalismo.  

Cuando Milei, al comenzar el debate, se refiere al salario de ciudadanía expresa: “en ese contexto, cuando das un derecho estás vulnerando el derecho de otros. El liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa de tres derechos: a la vida, a la libertad y a la propiedad. Esto quiere decir que vas a estar atacando la propiedad de otra persona, se lo vas a tener que sacar a alguien para dárselo a otro” 

Milei se refiere -sin mencionarlo- a John Locke pero se olvida que Locke, además de justificar la propiedad, en su Segundo tratado sobre el gobierno civil también expresa que se debe dejar “suficiente y de igual calidad para los demás”. 

Quizás quien mejor argumentó esto último haya sido Tom Paine, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica. Paine veía los estragos que hacía la primera revolución industrial, la cual generaba riqueza, pero abandonaba a quienes ya no le servían a la peor de las pobrezas. En cambio, los indios aún vivían dignamente. Por eso Paine propone el salario de ciudadanía y la jubilación: nadie debería vivir peor que lo que se vivía antes de establecerse la propiedad privada de la tierra. 

Milei también expresa el latiguillo de quienes se oponen al salario de ciudadanía:  “si tenés garantizado tu ingreso, tu problema es que te podés desentender del mercado y si esa conducta la lleváramos todos al unísono, derrumbarías la producción del sistema”. 

Ese argumento es contradictorio con otros que plantea el mismo Milei cuando se refiere a la motivación de los seres humanos: la mayor satisfacción. Si esa es la motivación de la acción humana, nadie se conformaría con una renta básica. 

Ahora bien, si Milei leyó a Locke salteando algunas páginas o de segunda mano, a través de citas sesgadas, Carlos Rosenkrantz lee la Constitución Nacional con un solo ojo: el derecho, claro está. Pero Rosenkrantz tiene responsabilidades institucionales que claramente está defraudando. No es aceptable que un juez de la Corte Suprema argentina vaya a un reducto de la derecha chilena a dar una conferencia a la usanza de Mario Vargas Llosa, como si fuera un ideólogo del neoliberalismo, aunque lo sea. Eso podrá hacerlo cuando renuncie o sea destituido por mal desempeño.

En su conferencia, Rosenkrantz expresa: 

“Hay una afirmación insistente en mi país, que yo veo como un síntoma innegable de fe populista, según la cual detrás de cada necesidad siempre debe existir un derecho. Obviamente, un mundo en el que todas las necesidades son satisfechas es deseado por todos. Pero ese mundo no existe. Si existiera, no tendría ningún sentido la discusión política y moral. Discutimos política y moralmente porque nos encontramos, como decía John Rawls, en situación de escasez. No puede haber un derecho detrás de cada necesidad porque sencillamente no hay suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades, a menos claro que restrinjamos qué significa necesidad o entendamos por derecho aspiraciones que no son jurídicamente ejecutables. En las proclamas populistas, hay un olvido de que detrás de cada derecho hay un costo. Se olvida que si hay un derecho, otros -individual o colectivamente- tienen obligaciones, y que honrar obligaciones es siempre costoso de recursos, y que no tenemos la cantidad de recursos para satisfacer las necesidades que podemos desarrollar y sería deseable satisfacer». 

Rosenkrantz evidentemente desconoce que el Pacto Internacional de Derechos económicos, sociales y culturales es una norma constitucional que debería honrar. Los debates al respecto están zanjados: es responsabilidad del Estado garantizar, proteger y promover los DESC, no sólo mediante erogaciones presupuestarias, sino particularmente mediante regulaciones que protejan a los sectores más vulnerables de la población de aquellos sectores más poderosos que abusan de su poder. 

Además de juez de la Corte Suprema, Rosenkrantz fue alguna vez profesor de la Facultad de Derecho de la UBA y hasta estudió con Carlos Santiago Nino, aunque no resulta evidente que lo haya entendido. Resulta alarmante su tergiversación cuando en ese discurso pone como autoridad a Rawls cuando hoy, como nunca, resulta claro que el problema no es de escasez, sino de distribución.  

John Rawls es un liberal solidarista y su Principio de Diferencia establece que los bienes primarios deben distribuirse de manera igualitaria y que si el mercado genera desigualdad, la misma debe redundar en beneficio de toda la sociedad. 

Pero, además, a partir de los debates con otros pensadores, Rawls reconoce en Liberalismo político –su última gran obra- que debe haber algo así como una distribución básica -en línea con un salario de ciudadanía- porque de lo contrario las libertades no se pueden ejercer. Lo que Rawls dixit realmente, Rosenkrantz, es lo siguiente: “El primer principio de justicia, que abarca los derechos y libertades iguales para todos, bien puede ir precedido de un principio que anteceda a su formulación, el cual exija que las necesidades básicas de los ciudadanos sean satisfechas, cuando menos en la medida en que su satisfacción es necesaria para que los ciudadanos entiendan y puedan ejercer fructíferamente esos derechos y esas libertades.” 

Doctor en Filosofía del Derecho (UBA) 
Profesor de Filosofía del Derecho (UNGS)  Autor de Ética, política y mercado. En torno a las ficciones neoliberales.

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