#Ensayos#Notas

Día del libro: cuatro tesis y una pregunta

8 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier

Se lee de muchas formas. Inclinado y con la nuca en el respaldo de la cama, en la mochila o en las gruesas raíces de un árbol. Recostado, boca abajo, con el mentón sobre las manos o los antebrazos. Echado en el sillón, con los pies estirados o apoyados en el piso. Ubicado frente a la mesa del comedor, de una biblioteca, del escritorio o en un pupitre. Parado o sentado adentro del colectivo o el tren en movimiento. Las escenas de lectura se multiplican y repiten a diario, todo el tiempo. Y son huellas de lo que hacemos con los libros y lo que buscamos en ellos.

El filósofo italiano Gino Roncaglia dice que la postura encorvada, con la cabeza gacha, es propia de una lectura de estudio, que exige una especial concentración; y que el estar echados boca arriba se relaciona más bien con lecturas placenteras y distendidas. La posición de lectura, entonces, es un signo indiciario.

Arrancamos por aquí, claro, porque sin lectura no hay libro.

En la aventura detectivesca de la relación libro-sociedad, historiadores intelectuales —cual forenses— han calzado la lupa en registros documentales de todo tipo: obras pictóricas, grabados o en las mismas marcas que el uso y el paso del tiempo dejan en los libros. Es, por un lado, una forma de aproximarse a otras épocas, contextos y procesos sociales. Y, por el otro, una manera de conocer cómo han cambiado los artefactos y las prácticas que estos posibilitan. Por lo pronto, esta es la tesis número uno: el libro es una tecnología tan milenaria como contingente.

Guglielmo Cavallo y Roger Chartier han dirigido el libro “Historia de la lectura en el mundo occidental” (Taurus, 2011), extraordinario trabajo colectivo en el que aparecen algunas claves para dimensionar cuánto ha cambiado el libro a lo largo de la historia, principalmente, en cierto recorte geográfico del continente europeo. Al repasar los artículos que componen la obra, se perciben cambios en las formas, materialidades, mediaciones técnicas, usos y apropiaciones por parte de distintos estamentos y clases sociales. La difusión de la imprenta aparece como un hecho ineludible por el enorme impacto que ha tenido en la cultura. Sin embargo, la mediación de otros objetos se presume importante: el papiro, el códice, la técnica xilográfica china y otros buenos ejemplos están ahí para iluminar un campo de posibilidades siempre en movimiento, inestable, heterogéneo.

La revolución digital es el otro gran hito. Aún hoy, startups, desarrolladores particulares, artesanos 2.0, inquietos escritores y editoriales de distinto orden y escala le buscan la vuelta al formato electrónico, que crece y decrece, y además tiene un comportamiento disímil según el mercado en el que prueba suerte y la forma de la propuesta. Hasta el momento, se ha probado un amplio rango de opciones que van desde la vía de la emulación —¡hasta se han hecho tabletas que replican el olor del papel! — hasta la ruptura radical, esto es, mediante el diseño y puesta en circulación de e-books que suman otros lenguajes y rompen la estructura tradicional del propio e-book clásico. Todo en nombre de la exploración de posibilidades nuevas. Pero el libro en papel sigue ahí, gozando de buena salud en medio de la tormenta.

El libro es un artefacto contingente, ya se ha dicho. No obstante, sería una burla imperdonable al lector intentar convencerlo de que la cosa muere ahí, en los límites físicos de su materialidad, en sus pliegues y detalles; en la selva interminable de su dimensión simbólica. Es cuando se vuelve imprescindible la tesis número dos, según la cualel libro es un conjunto complejo de relaciones y mediaciones: las que lo hacen posible y las que este hace posible a partir de su existencia.

Las entrevistas con escritores suelen pasearnos por el paisaje de la infancia y la adolescencia, las primeras impresiones, el acercamiento al objeto —que desde temprana edad comienza a cubrirse con un halo de sacralidad y prestigio— y la inmersión en la lectura. En las memorias emergen figuras como la del padre o la madre que lee, imágenes de anaqueles llenos o de libros escondidos en rincones oscuros, lejos de la utilidad decorativa. Amigos que recomiendan o invitan a experiencias que amenazan con el fantasma de la ajenidad. Bohemios, locos lectores que solo hablan de libros y dibujan con las manos y sobre el aire mapas que luego se persiguen obsesivamente. Consejeros, lectores que ponen a disposición su ojo para intervenir en el trabajo escritural del otro.

Es solo un puñado de ejemplos entre tantos otros posibles: se puede decir algo del panorama de las imprentas, que varía entre localidad y localidad. El oficio puede desarrollarse más o menos, la tecnología cambia y el imprentero, por limitaciones de índole diversa, explora solo una parte de lo que con ella puede hacerse —el ingenio y la creatividad juegan su rol hasta en los aspectos más técnicos y aparentemente mecánicos. El papel por momentos escasea y por momentos no, y es más caro cuanto más alejado se está del proveedor y cuanto más chico es el mercado al que está destinado. Diseñadores, ilustradores, fotógrafos, correctores, gestores culturales, críticos, bibliotecarios, mozos que sirven el café o la bebida en presentaciones, distribuidores, libreros y una cadena quizás inaprensible de mediadores tienen cada uno la contraseña de ventanas que permiten atisbar un mundo realmente complejo.

Complejo mundo que, por cierto, también expresa desigualdades. La tesis número tres es justamente que el libro es un medio de expresión de las lógicas de poder de una sociedad. La glotopolítica, por ejemplo, estudia la política en el lenguaje y lo lingüístico en la política. Así, autores como Pascal Casanova, Gisele Sapiro y Gustavo Sorá, han reunido evidencia sobre la desigualdad en los flujos de circulación de lenguas en la edición mundializada. De ese modo, el chino, que tiene tantísimos millones de hablantes, tiene a su vez un poder de influencia notablemente inferior al del idioma inglés, que penetra con fuerza en la gran mayoría de los mercados. Pero no solo eso, las variantes e inflexiones de una misma lengua, las marcas de clase, las temáticas abordadas y las orientaciones ideológicas también pueden leerse en la producción editorial. Así es como un puñado de libros escritos en quichua tiene dificultades severas para abrirse paso en amplias comunidades de hablantes que, no obstante, acceden con menos dificultades a material en español.

Por supuesto, el mundo del libro no escapa a la conflictividad, aunque, como sostiene el sociólogo Claudio Benzecry, sería un despropósito que la cultura solo se estudie desde metáforas bélicas. La disputa no es todo. En el proceso de escritura, edición, circulación y consumo, el libro va dejando huellas y anudando cosas a su paso. Tiene, detrás suyo, también pasiones y aficiones, y la capacidad de construir vínculos. Por eso la tesis número cuatro dice queel libro es una red de afectividades abierta a la expansión, la intrincación o el repliegue.

Le sucedió a un joven escritor que viajó a Buenos Aires y visitó una conocida librería de Av. Corrientes. El librero le recomendó una novela editada por una editorial emergente. Cuando la leyó, ya de regreso en su hogar, estaba tan fascinado que se animó a escribir su primera reseña literaria. Tiempo después conoció a una chica, que estaba buscando algo para leer. El joven, convencido del poder de aquella historia, le prestó el mismo libro. Ella también se enganchó —en el sentido de no poder sacar sus ojos del texto— y encontraron en ese objeto un nudo en común que más tarde, cuando emprendieron juntos, se materializó en el nombre que le pusieron a su negocio: el del título del libro.

Otra joven, santiagueña ella, presentaba junto a otros dos poetas, sus primeros libros de poesía en una librería local. El bar del lugar estaba lleno de gente. Las bandejas con cerveza y vino iban y venían. La previa se hacía extensa. Luego, el presentador habló y dijo lo que tenía que decir. Era el momento de que los primerizos lean. Cuando llegó su turno, durante largos segundos la voz de la joven no salía, parecía a punto de quebrarse. Finalmente, pudo hacerlo y recibió aplausos, abrazos y palabras de felicitaciones. Otra poeta que leyó esa misma noche, amaneció al otro día con gripe y una fiebre estremecedora. El libro también puede meterse en nuestros cuerpos.

Y así los libros se acumulan, la mayoría se olvidan. Algunos tienen la suerte de viajar con la inscripción de dedicatorias de amor y de amistad, o de autores a los que les han ofrendado el reconocimiento de una firma solicitada. Otros se van desgastando por el uso en clara señal de triunfo; encintados en sus lomos, subrayados y sobrescritos hasta el cansancio, con sus hojas plegadas y sus anotaciones al margen. Es tal vez imposible predecir, antes de echarlo a andar, los efectos que un libro puede producir.

***

Por último, no una tesis sino una pregunta: ¿qué es el libro en Santiago del Estero?

La UNESCO define al libro como una publicación impresa, no periódica que consta como mínimo de 49 páginas, sin contar las de cubierta. Es cierto que la globalización, en su vínculo con lo local, promueve ciertos modos de hacer que tienden a la estandarización. La concentración de la industria y las estrategias de emulación a las que muchos sellos chicos y medianos apelan, contribuyen a darle al libro una forma esperable, una idea de lo que debe ser.

Sin embargo, la observación de lo que autores y sellos santiagueños han hecho en los últimos años presume la existencia de un fenómeno que quizás tenga similitudes con lo que sucede en buena parte del vasto territorio latinoamericano, así como en otros lugares periféricos del mundo. Libros, revistas, plaquetas, fanzines —estas son las etiquetas con las que diversos artefactos en ocasiones son presentados— pueden llegar a ser muy parecidos en cuanto sus aspectos materiales.

«Sin embargo, la observación de lo que autores y sellos santiagueños han hecho en los últimos años presume la existencia de un fenómeno que quizás tenga similitudes con lo que sucede en buena parte del vasto territorio latinoamericano, así como en otros lugares periféricos del mundo.»

A simple vista, es lo que parece suceder con la producción editorial en provincias como Tucumán, Salta, Catamarca o La Rioja. Pequeños objetos que no siempre tienen 49 páginas o más de extensión y que se abren a un abanico de expresiones muy amplio. ¿Es plausible hablar de algo así como el libro santiagueño, el libro tucumano, riojano, salteño o catamarqueño? Desde ya, las respuestas esencializantes sean ahuyentadas. La producción editorial de estas provincias —más relacionadas entre sí de lo que nos animamos a admitir— aun en sus regularidades, que no son pocas, presentan sus apuestas estéticas, sus pliegues creativos particulares, sus marcas distintivas.

De ahí que una posible salida a esta trampa esté en apelar a una perspectiva histórica de largo plazo. Observar —etnografiar— estos artefactos en distintas bibliotecas. Públicas, privadas, personales. Buscar, palpar, mirar, ojear, leer, dar con las huellas. Así, en el caso santiagueño, es posible advertir que, de generación en generación, intervienen distintos editores, talleres gráficos, artistas plásticos, diseñadores, autores y demás mediadores que imprimen sus estilos, su saber hacer, sus preocupaciones, sus búsquedas, su relación con la época en la que han actuado. Por eso decimos que libro y sociedad se complican mutuamente, se hacen el uno al otro. En su carácter contingente y en sus rasgos materiales y simbólicos, el libro expresa una forma de arraigo, una manera propia de existir, sobre la que todavía hay mucha tela para cortar.

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