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Nos educaron en el amor

29 julio, 2018

Nos educaron en el amor

Por Ignacio Ratier.

Durante el mes de junio se anunció la realización del 2do Congreso Internacional de Educación en el Amor. En el flyer que difundía el evento se podía observar una imagen de dos manos conteniendo a un hombre, una mujer y, entre ellos, un bebé que parece en brazos de ella, pero, que atraviesa a los dos. Debajo del título se aclaraba lo siguiente: entre paréntesis, que era con puntaje docente según la ley 6976-2009, y, más abajo, que asistirían expositores internacionales.

En el temario del programa se incluían conferencias y talleres con nombres extravagantes, como salidos de otro tiempo (efectivamente, debe ser así): “Rescatando a mamá y papá”, “Queremos Papá y Mamá”; “Origen y avance de la Ideología de Género”, “Ideología de Género, Destructora de Vida”, “Ideología de Género metida en el Cole” (“cole”, todo muy Billeken); “La castidad es posible”, “El Camino es el Amor”. El plato principal del cóctel era una “conferencia magistral”, titulada “Aún hay esperanza, Inmadurez Psico-Afectiva-Atracción hacia el mismo sexo. (Experiencias y Testimonios en tratamiento)”. Y de postre: misa.

El Congreso pasó sin pena ni gloria. Pero el 25 de julio sucedió algo similar y tuvo mayor resonancia. El Doctor Abel Albino, fundador de CONIN (Cooperadora para la Nutrición Infantil), asistió al Senado para exponer en el debate por la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Todos tomamos nota de las irresponsables declaraciones del médico respecto al uso del preservativo, que provocó el repudio unánime de la comunidad científica, sin embargo, algo que dijo Albino durante la exposición se relaciona directamente con el congreso docente realizado en Santiago del Estero: “hay que educar en el amor”. Más allá de los enunciados disparatados, la obsesiva manera en que trata a los pobres como animales y las citas arcaicas, esa frase quedó picando. “Hay que educar en el amor”.

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En el 2010 Martin Scorcese filmó la Isla Siniestra, película protagonizada por Leo Di Caprio y Mark Rufalo. Dos agentes federales viajan a una isla en la que funciona una cárcel para reclusos con problemas de salud mental, claro, considerados peligrosos. Su misión es averiguar qué pasó con Rachel Solando, presa que se encuentra desaparecida. Sin ahondar demasiado en la trama, una de las cosas interesantes de la película es que a medida que avanzan en su pesquisa, los protagonistas comienzan a sentir que algo anda mal. Finalmente, descubren que en ese lugar pasan cosas horrorosas. Se encuentran con un dispositivo de control y contención de la locura y la violencia, controlado por locos y violentos.

La película utiliza el recurso narrativo, identificable, por ejemplo, en el ya clásico Los otros (2001), donde los que temen a los fantasmas son, justamente, los fantasmas, pero no lo saben. Cuando leí que el Congreso Internacional de Educación en el amor tenía en su programa un taller de reorientación sexual, es decir, que en sus bases fundamentales, sus organizadores y promotores consideran a la homosexualidad una enfermedad, un problema de salud, pensé en esto: los locos son ellos. Cuando escuchaba a Albino decir que “el preservativo no protege de nada”, pensé: el que no protege sos vos, el que hace daño sos vos. Pero, ¿lo sabe?

Sin embargo, ¿qué culpa tienen los locos de los valores retrógrados y el contenido ideológico de un grupo que todavía tiene presencia efectiva en lo social, porque tiene quiénes afirmen lo que ellos sostienen? Muchos de nosotros fuimos educados en el amor. Pero ya no queremos más. Adónde vamos no necesitamos eso.