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Capricho sin razón: la guaracha santiagueña

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“No se qué tiene la guaracha” es el hashtag que acabo de leer en una storie de Instagram. Afirmación que plantea la oportunidad del ejercicio sociológico que intente explicar lo que sucede con este ritmo popular que, en estos días, desata opiniones encontradas. Le doy play a Capricho guarachero, a modo de inspiración, y ahí vamos.

Por Alejandra Cáceres Márquez.

Si hablamos de música, es claro que no todos estamos en igualdad de condiciones para acceder y disfrutar de los mismos bienes musicales, por eso su consumo revela características de los oyentes y también de los productores. Lo social origina, contextualiza y penetra en la música. La música popular no es un territorio ajeno a las desigualdades que atraviesan las sociedades. Lo popular se relaciona con el concepto de clase social porque refiere al conjunto de las clases subalternas de cada sociedad.

Las sociedades en las que vivimos son estratificadas, la población que las conforma se categoriza en clases o sectores sociales, por consiguiente los bienes culturales producidos en ellas están distribuidos de manera compleja. Es decir, las personas con posiciones y disposiciones cercanas en el espacio social tienen entre sí cierta afinidad grupal que los puede llegar a identificar como clase social. En este sentido, el concepto de clase expresa una serie de condiciones sociales de existencia similares para un grupo de individuos que los diferencia de otros grupos y que influye o condiciona sus prácticas, aunque de ningún modo las agota o determina.

Esas diferencias socioculturales, junto con diversos códigos extra-musicales están ligados a los distintos géneros que habitan la música. En consecuencia, la guaracha -al igual que otros géneros- es música que representa a un determinado colectivo y es el  resultado de una sensibilidad creativa. Así, cada género, entendido como práctica cultural, se identifica no solo con determinados sonidos sino también con grupos de personas, territorios, rituales y tradiciones.

Quinteto Imperial Año 1983 Guaracha Santiagueña

Koly Arce y su Quinteto Imperial. Álbum de 1983.

La guaracha santiagueña es un ritmo de baile acelerado que nace en Santiago del Estero producto de la fusión de chamamé y chacarera. Su sonido se identifica con las fiestas populares, los bailes del campo y de la ciudad, los barrios humildes de la periferia con casitas bajas donde se escucha a Los Hechiceros, Kalama Tropical, Los Alfiles, Koly Arce -aunque algunos sostienen que no tocaba guaracha sino cumbia y paseíto, fue el primero en grabar la música tropical santiagueña en Buenos Aires-. Otros representantes son el fallecido Jorge Veliz, su hermano Marcelo, Dany Hoyos, Los Bonys y la lista sigue con muchos más. 

En los últimos años, la guaracha se fue expandiendo a las clases medias y empezó a ser receptada por otros públicos. Es una música con influencias afroamericanas, como la mayoría de nuestros ritmos folclóricos, quizás por eso el primer desplazamiento se dio hacia las peñas. Juan Cruz y Santiago Suárez crearon canciones que fusionan el ritmo de la guaracha con matices folclóricos; el Vislumbre del Esteko, con su  propuesta, acercó público más joven a las peñas, varones y mujeres que cantan y bailan cada guaracha cual ritual comunitario. Franco Ramírez -cómo olvidar Pobrecito el tupinami (de Alfredo Palumbo) o Guadalupe-, Raly Barrionuevo, Demi Carabajal, entre otros, son artistas que integraron el género al repertorio folclórico. Algún tiempo después, irrumpieron en  la escena tropical Los Arcanos del desierto, big band integrada por músicos con formación académica, que arrolla con una guaracha novedosa intervenida con vientos y percusiones, fusionada con salsa, jazz y aires árabes en el sonido y en la estética de la banda. 

Arcanos del Desierto Guaracha Santiagueña

Arcanos del Desierto en vivo. Fuente: Arcanos del Desierto (Facebook).

La guaracha se expande de los bailes a las peñas y llega a los boliches y pubs, sale de los sectores marginales para posicionarse más al centro del campo musical santiagueño. Se produce el desclasamiento de un producto cultural que era distintivo y luego se divulga; ocurre un desfase temporal en el acceso a la guaracha, que era restringida a las clases populares, por lo que se origina una expansión de público a los sectores medios, disminución de la edad de los aficionados y conquista de lugares donde esa música antes no era escuchada. 

Este proceso no es exclusivo de la guaracha, sucedió con otros géneros como el folclore, la cumbia y el rock. Respecto de los dos primeros, el desclasamiento opera en el mismo sentido: de las clases populares a las clases medias. Don Andrés Chazarreta desde 1910 estaba empeñado en llevar las prácticas del folclore rural a los escenarios urbanos, hoy en día el folclore está instalado y afianzado en los sectores medios. La cumbia es el género dominante de los sectores populares desde sus inicios en la década de 1960. Se fue transformando y diversificando a lo largo del tiempo en función de los gustos musicales del público de las nuevas generaciones, concentrando subgéneros tales como las cumbias santafesina, colombiana, romántica, villera, norteña, entre otras. A veces, su  consumo por las clases medias y casi siempre por las clases medias-altas, es una apropiación que lleva implícito el reconocimiento de manifestación cultural con carácter festivo de las clases sociales bajas, acaso sirva a modo de ejemplo recordar a Ricky Maravilla tocando en fiestas en Punta del Este. 

Respecto al rock, el desplazamiento fue en el sentido contrario. En la década de 1990 se produjo una expansión del género que estaba anclado en las clases medias argentinas, se volvió popular alcanzando a los sectores más humildes. Aparece en escena el denominado rock barrial o chabón, resultado de ese cambio que se produce con la llegada al género de otros compositores, intérpretes y  aficionados, reivindicando lo popular. Esto produjo que se multipliquen los estilos y varíe la calidad musical porque adhieren los sectores de clase media baja y disminuye la edad de músicos y oyentes.

En la música popular las etiquetas organizan el mercado, pero no siempre son claras y precisas porque los géneros se encuentran en constante cambio por efecto de la relación de unos con otros; no son compartimentos estancos, si bien tienen normas y reglas comunes que caracterizan una forma de componer y de tocar, sus esquemas musicales se construyen en relación con otros géneros.

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Reconocemos una canción nueva como propia del género si se asemeja a eso que percibimos, históricamente, como música de ese género porque se establecen expectativas, entonces es probable que haya desacuerdo cuando no se satisfacen. La innovación en los sonidos trae consigo el riesgo de la polémica en torno a la legitimidad. La guaracha es un campo cultural en constante movimiento, en el que interactúan músicos y estilos buscando reconocimiento y prestigio; allí se producen tensiones entre los grupos más tradicionales, que, por lo general, son los reconocidos o consagrados que ocupan lugares centrales, y los grupos más innovadores y vanguardistas que apuestan a nuevas fusiones que implican instrumentos y sonidos diversos y, en ocasiones, poco convencionales; ambos buscan preservar o transgredir el criterio dominante de evaluación que legitima las prácticas artísticas junto con la crítica y el mercado. En ocasiones, la transgresión es percibida por el núcleo histórico de sus músicos y difusores como una invasión, como si el género fuera víctima de un complot de intereses ajenos bajo riesgo de que su lugar sea ocupado por otro tipo de música. Esto ocurre porque los géneros de música popular son agentes de afirmación identitaria, más allá de ser indicadores de condición social o de gustos similares. En este sentido, la guaracha con sus características de ejecución, composición, canto y baile, sería un elemento que refuerza una cierta idea de lo que es el santiagueño de las clases populares. Además, la identidad de la guaracha a su vez aporta elementos a la construcción de una identidad social y provincial.

Hablar de formas de vivir la música implica hablar de las relaciones que se establecen con ella en diferentes planos. La música es una actividad compleja con  matices y límites permeables entre géneros musicales que se desplazan por el espacio social. Entonces, para entender qué es lo que sucede con esta música –la guaracha– con los músicos que la interpretan, en este momento y en este contexto social, es necesario analizar las relaciones que intervienen en su práctica, ahí es donde es posible comprender su naturaleza, el sentido que se le atribuye y la forma en que se la vivencia. El desclasamiento de la guaracha está en proceso, no es algo acabado, aún no se puede determinar si es una moda o un fenómeno que permanecerá anclado en las clases medias o si continuará en expansión. Será cuestión de dar paso al tiempo para, luego, retomar el análisis. Mientras tanto, que suenen los timbales que llega el carnaval. 

Referencias

Alabarces, P. (2008). Posludio: Música popular, identidad, resistencia y tanto ruido (para tan poca furia). Trans – Revista Transcultural de Música. 

Bourdieu, P. (1995). Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario.  Barcelona: Editorial Anagrama SA.

Semán, P., Vila, P. (2008). La música y los jóvenes de los sectores populares. Trans – Revista Transcultural de Música.

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Convocatoria: Mujeres produciendo y publicando
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