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No hay nada mejor que casa

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En medio de la pandemia, volví a ver los noticieros. Nos avisan que a las 17 el presidente decidirá la cuarentena total. Me quedo en casa a esperar el comunicado oficial y hago zapping.  En uno de los canales, Moria Casán entrevista a un ex integrante de Mambrú que vive en EE.UU. Jerónimo argumenta sobre por qué el teletrabajo es el futuro. La frase vine buscando cobre y encontré oro nunca se sintió más adecuada.

 

 

Agarro el celular para ver si en el medio donde trabajo se publicó algo al respecto de la cuarentena, y tengo varios whatsapp. En uno de ellos, Joaquín me pregunta si quiero ir a su casa a la noche. Decidimos la cena y me dispongo a salir. Bajo y al avanzar una cuadra un móvil de la policía con un megáfono repite “circulen a dos metros de distancia”. Entro a la verdulería. Un tipo le dice al dueño “mañana se te va a llenar”, él lo mira con desconfianza y responde “la cuarentena es a partir de las 00”, “no, es a partir de mañana”, reafirma el cliente, convencido como yo de lo que escuché antes de salir. “Es a partir de hoy, no seas cabeza dura”, repite y señala el televisor. Un noticiero confirma lo que acaba de decir. 

Compro lo que necesito y salgo.

En la vereda la gente hace cola para entrar en una farmacia. Mi celular empieza a sonar.  Es mi madre por videollamada. Atiendo, y la veo a ella con mi ahijada y mi cuñada del otro lado. Me preguntan a donde voy, les respondo que a Joaquín, “vamos a cocinar…”, no termino de pronunciar la frase y me sacan el celular de la mano. Un tipo me lo arrebata y corre delante de mí. Me quedo inmóvil y solo alcanzo a decir “NO”, en voz alta, como si acabara de tener un accidente. Como hago cada vez que se me cae o rompo algo. El sonido que emito cuando creo que la culpa es mía. O que algo es inevitable. Dos cosas que no siempre van juntas o al menos intento separar en análisis. 

El tipo dobla en la esquina y se sube a una moto. Lo espera otro hombre con el vehículo encendido y se van.

Mi papá trabajó en radio en la época en que no existía internet, y en la época en que usar efectos especiales era cool. Tenía varios CD’s de compilados de sonidos que se titulaban “canilla abre”, “viento”, “explosión”, “pasos se acercan”, “pasos se alejan”. En noches de cuarentena sin virus, con mi hermano escuchábamos la edición especial de terror. El sonido entraba y todo sucedía en nuestra imaginación. Éramos la sensación cuando algún amiguitx nuevo llegaba y lo llevábamos a escuchar la colección de sonidos. O eso creíamos hasta que el niñx en cuestión se sacaba el auricular y decía “bueno, vamos a jugar”.

Cuando vi y escuché a la moto irse, pensé en que ese sonido que acababa de escuchar se podría titular “moto arranca y se va”. Pensé en que correr no sirvió de nada la última vez que me robaron. Pensé en que eso era todo lo que podía hacer: asociaciones inútiles.

Cuando entré a la facultad, me enteré que los sonidos de efectos especiales no son grabados de los originales. Es decir, el sonido de una canilla goteando no se logró a partir de poner un grabador al lado de una canilla. Sino que se emuló con otros objetos. Porque en los originales hay márgenes de error: el agua puede no caer a la velocidad que se necesita, en el lugar puede haber viento. Porque hay cosas que suenan más como vos que vos mismo en la imaginación del otrx. Y esto aplica a todo.

Caminé media cuadra y decidí que no iba a estar tranquila si seguía caminando, así que paré un remis.  Adentro del auto, di dos direcciones inexistentes, hasta que por fin di la correcta y agregué “perdón, me acaban de robar”. El silencio del chofer es algo en lo que todavía pienso.

 

 

En la radio hablaban de la cuarentena todavía no anunciada, pero ya inminente. Cuando llegué al edificio donde vive Joaquín, la puerta estaba abierta. Subí por el ascensor hasta su piso y no me miré en el espejo. Llegué a su puerta y al abrirse dije “me acaban de robar el celular de nuevo” y la cara de Joaquín cambió. Tenía un destornillador en la mano, y los ojos muy abiertos. Lo que sigue es lo de siempre: trámites para dar de baja el número, aviso a las personas cercanas, intento de rastreo del celular sin ningún tipo de esperanza. Sólo morbo.

En el medio de esa secuencia, un noticiero comienza un spot con la canción Té para tres y la repetición en loop de la frase “no hay nada mejor que casa”, motivando a la cuarentena. Pensé en que necesitaba un abrazo de Joaquín y una cerveza. Cuando llegué él estaba armando una mesa que acababa de comprar, y que siguió armando luego de prestarme su celular para hacer lo que hago mientras escucho a Cerati. No hubo contención, hubo practicidad.  

Cuando empiezo a reconstruir los hechos en voz alta, menciono lo que todavía seguía dándome vueltas en la cabeza: el silencio del remisero luego de que contara que me acababan de robar.  “Y sí, todos están pensando en lo que a ellos les pasa con esta situación”, dice Joaquín. 

Pensé en un video de mi mamá mal editado en donde se muestra el paso a paso de varias mujeres, incluida ella, fabricando barbijos y gorros para el personal de salud de la ciudad.  Pensé en otro video de una señora a la que le cantan el feliz cumpleaños desde diferentes balcones de Madrid, mientras ella se cubre la cara desbordada del llanto. Sin solución de continuidad, pensé en el tipo yéndose con mi celular. Dos veces en menos de un año vi esta escena. La primera fue más tétrica porque el tipo se dio vuelta y me miró y porque la primera vez siempre es un poco tétrica. 

Morning Sun, Edward Hopper

«Morning Sun», Edward Hopper (1952).

Termino de hacer los trámites cuando ya tengo una cerveza en la mano. Joaquín me pide que lo ayude a dar vuelta la mesa y ponerla en su lugar. La observamos en silencio, pero yo no estoy mirando nada, no estoy ahí. Él avanza hacia mí y me abraza. Empiezo a sentir que la practicidad se desdibuja para darle lugar a las lágrimas en cascada, con sonido incluido. En el medio de un montón de sollozos digo “y encima no traje toallitas”, y vuelvo a emanar una cascada de lágrimas. “Yo tengo”, me responde mientras se ríe y me abraza fuerte. Aprovecho para llorar por todo lo que no lloro cuando soy práctica. 

No hay nada mejor que casa.

 

 

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