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La novelita que te devora

4 Minutos de lectura

Fabricio Jiménez Osorio, santiagueño adoptado por Tucumán, escribe una novela novedosa que, desde el concepto de posporno, nos invita a cuestionarnos lo hétero, las formas de relacionarnos, las prácticas sexuales, el deseo y, por qué no, los lugares donde nos animamos a hablar de relaciones sexo-afectivas. 

Por Alhena Landsman Franzzini.

Que te calienten cosas que no sabías que te podían calentar; encontrarte riendo y tapando las hojas de ojos extraños al libro, como si las páginas y vos fuesen cómplices de un mundo mucho más sexy, más indómito, pero al que sólo pueden entrar los neófitos en el arte de descubrirse. 

Querida Ilusión es ese mundo que crea Fabricio Jiménez Osorio, también conocide como la Frida, al que sólo pueden pertenecer les homosexuales, les maricas, les putos, en fin, les gays; pero con la particularidad de que sean también gauchos. Este mundo representa un paraíso para estos gauchos desinhibidos que aman y cogen con todas las de la ley; las de ese paraíso sexual socialista, cabe aclarar, en el cual cada uno tiene su rancho y consume lo que le hace falta, nada más, para vivir.

Esta novelita, dice el autor (quien se engaña porque a esta narración no le cabe ningún diminutivo que subestime su valor), presenta un personaje entrañable, huidizo, que me he imaginado petiso y tramposo mientras leía: Raúl, a quien se describe como alguien rechazado por el resto de la comunidad gay de Querida Ilusión.  ¿Por qué? Por no querer coger. Uno de los mandatos en este paraíso es tener relaciones carnales con todos los gauchos presentes para poder confraternizar. Todos están obsesionados con coger, por experimentar con el nuevo falo que ingrese. Este pequeño personaje no está interesado en desnudarse completamente frente a aquellos que glorifican la genitalidad por sobre su tierna/adorable/amistosa compañía. Pero no seguiré ahondando en la historia de Raúl, pues antes poco entendida que spoiler. 

Este personaje, que aparece sólo en un par de páginas, despertó ciertos pensamientos enterrados que no sabía podían sorprenderme. De pronto las páginas se mojan y no sé bien por qué, y está bien que así sea. Las páginas se endurecen y también está muy bien. De pronto aquellas cosas que no me parecían sexuales empiezan a cobrar otro valor. De pronto hay mucho sexo y no tiene que ver con el amor. Y hay mucho amor y no tiene que ver con sexo. Pensé, tan obstruida está nuestra capacidad de amar, tan bloqueada por parámetros superficiales que para gustar de alguien, además de las formas, las texturas, los colores que manifestamos, nos centramos en su genitalidad. ¿Qué tienes ahí abajo? Falta que preguntemos a alguien para habilitarnos a sentir atracción por esa persona. Dudamos y parecemos temer ante la posibilidad de que seamos más que un genital, seamos un cuerpo, una mente, muchos deseos dispersos que faltan por descubrir. ¿A dónde fue ese orgullo por amar a quien tenemos en frente por sus ideas y formas de expresarlas, por su modo de producirnos imágenes y encontrar aciertos y desaciertos, y poder aprender y desaprender con ese otre?

 

Nos moldeamos y desarmamos, día a día, en pensamientos, en hábitos, en formas de manifestarnos, de maquillarnos, de vestirnos, de performatearnos, de transformarnos, de consumir. Consumimos bebidas, consumimos pastillas, consumimos programas o podcast novedosos, consumimos lo que haga falta para sentirnos bien. Bien con nosotres mismes. Suena raro el mismes, incluso más que decir que, para sentirnos bien, haga falta consumir/nos. Hay tecnologías y aparatos que nos construyen, que nos habitan, que nos prestan eso que creíamos o efectivamente nos hacía falta (la creencia no quita la veracidad), una prótesis, un juguete, una maquinita de afeitar. Todo eso que sabemos no es natural, pero nos modifica y construye naturalidad en nosotres, habitándonos y siendo parte de nuestros días. De pronto, en caso de tener posibilidad, nuestro cuerpo empieza a tomar la forma de nuestro deseo. O una prótesis o juguete sexual nos permite experimentar otros modos de gozar, como el dildo, la cinturonga, el vibrador, todos falos que dejaron de serlo para ser algo más. No los queremos similar a su referente, los queremos brillosos, de colores, los queremos partícipes del sexo sin que eso signifique traer al objeto de su referencia a la cama.  ¿Qué pasa entonces con esos deseos que se construyen en la creencia de la diversidad y retornan al hogar de los tradicionalismos? ¿Esos deseos que siguen reproduciendo una jerarquía de los sexos? Con esto me refiero a los deseos disidentes que se siguen construyendo en normas héteros, remitiéndose a la jerarquía reproducida por el falocentrismo. El falo como centro del sexo y el ordenamiento de la vida sexual. Estas son reflexiones que no son generosas, claro está, pero que es bueno tener en cuenta. Que formen parte de nuestra literatura y aprendamos, a medida que legislamos, sobre las discusiones que vendrán. 

Raúl se sale de esta lógica. Se sale de todas las lógicas. Raúl podría ser signo que aglutina un movimiento que vendrá de la mano del verdadero deseo desinhibido, ese deseo amoroso que sale de las normas superficiales e individualistas, binómicas y jerarquizantes. Un deseo extraño para aquellos que somos resultado directa o indirectamente de la educación sexual patologizante en los colegios, o de la pornografía tradicional: machista, heteronormada, falocentrista, coitocentrista. Raúl es la encarnación literaria del posporno, de los personajes que vendrán, de las historias que escucharemos con naturalidad y de los amores verdaderamente ciegos que al fin tendrán lugar.

Convocatoria: Mujeres produciendo y publicando

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